Por qué (ya) no escribiré de política en Facebook.

golondrinas
Golondrinas.

Hace unas horas lo volví a hacer. Escribir de política en esta red social. Nunca digas “de esta agua no beberé”; pero mi intención es no hacerlo más. O escribir apuntes de ese tipo con cuentagotas.

La cosa fue como me ha ocurrido otras veces. En un descanso del trabajo, tras unas cuantas horas de varianzas, papers y TFGs; escribí una nota, y esa nota llevó a otra, y acabé con una nota más en la que recordaba que recientemente una resolución del Parlamento Europeo equiparaba el comunismo al nazismo; y apunté que, por tanto, vanagloriarse de ser comunista, como hizo recientemente nuestro ministro de consumo en la tribuna de la Soberanía Nacional, pues tal vez sería para mirárselo…

Claro, y pasó lo de otras veces: mis amigos más de izquierdas lo rebatieron (hombre, cómo comparar el comunismo de Stalin con el comunismo de ahora…) y nos enzarzamos, como otras veces, a discutir.

No merece la pena.

Yo, siempre que he escrito en Facebook opiniones políticas, he pretendido hacerlo por dos motivos dignos: porque creo que mi independencia de criterio me hace ver las cosas con escaso sectarismo (otra cosa sería hablar de fútbol y del Atleti); y porque, aunque suene a eslogan, yo soy un profundo defensor de una sociedad de personas libres e iguales; y todo lo que me suena a desviaciones de esa máxima, vengan de donde vengan, me exaspera, lo que me ha hecho no poder evitar el pronunciarme (con mayor o menor fortuna, que quien opina en un lugar público ha de tener también la suficiente humildad como para comprender que uno se equivoca más veces de las que quisiera).

En cuanto a lo de mi independencia de criterio, sigo creyendo que la tengo, honestamente. Eso me ha llevado a una paradoja que no deja de tener su gracia: para mis amigos de derechas sospecho que creen que soy un poco rojete; y para los de izquierdas intuyo que piensan que soy un facha redomado. No me lo dicen, claro, son amigos; pero hay cosas que se notan. Tampoco me importa en exceso, siempre que eso no suponga para mí perder un amigo. Esa es la línea roja. Ya está bien de que pensamientos diferentes tengan que convertirnos no ya en adversarios; sino incluso en enemigos.

Lo que más me importa es mi convencimiento de que una sociedad de personas libres e iguales es necesaria. Al menos una sociedad que se acerque a ese paradigma. Y defiendo que eso pasa por la moderación, porque la gente sea radicalmente moderada. Las sociedades avanzan cuando son lideradas por mentes moderadas y cooperantes, fuera de cualquier sectarismo, personas que dejan a un lado las ideologías y mantienen en su fuero interno sus sistemas de valores. ¡Ay, los extremos y los populismos! Estamos en una época en la que los extremos se acentúan y refuerzan, a costa de diluir las ideas moderadas. Da un poco de miedo, ya sabemos lo que ocurre cuando los extremos se tocan… En fin, para no seguir filosofando sobre esto, diré que pienso que el mayor antídoto para luchar contra los extremos y los populismos es el pensamiento crítico, y no hay cosa mejor para desarrollar un pensamiento crítico que leer, leer mucho, leer muchísimo. Y si es a mentes privilegiadas y lúcidas como Fernando Savater, mejor que mejor.

Bueno, intentaré no irme tanto por las ramas y centrarme.

Uno de mis largometrajes favoritos (que yo modestamente creo que se encuentra entre las 10 mejores películas de la Historia del Cine, aunque reconozco que no soy un gran entendido) es Blade Runner. No sé si recordáis la colosal intervención de Rutger Hauer, cuando su vida como replicante está llegando a su fin, al término de la historia:

“Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais…”

Bueno pues eso. Así es. Cosas extrañas, sublimes e insospechadas. En todas las esferas: la mundial, europea, nacional, regional, local… E incluso en la más cercana, en la que te toca a ti mismo en el día a día, o sea, tu propia esfera. No quiero que este texto sea un desahogo más; sino una reconciliación con la parte más humana que uno guarda; pero, aun así, con la excusa de que se me entienda bien, no me resisto a dar ejemplo de estas “cosas extraordinarias”.

He visto gente que realiza feroces críticas a la escuela concertada y luego hace negocio con ellas (con estas escuelas, digo).

He conocido izquierdistas implacables que lucen con orgullo su ropa de Tommy Hilfiger o son propietarios de lujosos pisitos en el Barrio de Salamanca de Madrid, aunque luego renieguen del capitalismo feroz.

He hablado con gente que ha colaborado toda una vida con ONGs de ayuda a los países subdesarrollados y que ahora viven enrolados en partidos xenófobos y racistas.

He escuchado a líderes de opinión decir que una mala persona nacional es “menos” mala persona que una mala persona extranjera.

He oído gente con importantes responsabilidades públicas reclamar la igualdad de género y luego decir que, en su equipo, aunque no tenga claro aún quién va a estar; sí tiene claro que serán personas de un sexo determinado, sin atender al mérito y capacidad de cada cual.

He asistido atónito a comparecencias de gobernantes que decían que tal persona no es la adecuada para ser jefa de “diversidad racial” porque, aunque está muy cualificada, no es de cierta raza…

He presenciado las decisiones de liberales sosteniendo gobiernos en comunión con la extrema derecha.

He presenciado las decisiones de socialdemócratas de pactar gobiernos con la extrema izquierda, aquella misma que causaría terribles insomnios a todo el mundo.

He comprobado como asaltar el cielo para acabar con la casta se quedaba en asaltar un chalecito en la sierra para incrustarse en dicha casta.

He aguantado el oír autodefinirse a un gobierno como “progresista”, apoyándose en la más vieja y rancia derecha feudal (y ahora mercenaria) peneuvista.

He contemplado con estupor dar abrazos y llamar “hombre de paz”, en cierta ciudad, al mismo tipo que, años atrás, conspiró para atentar vilmente en esa misma ciudad; lo que se materializó en una verdadera sangría, mientras él esperaba el transcurso de los acontecimientos tranquilamente en la playa.

He visto perplejo decir que no es lo mismo que los míos roben a espuertas dinero público a que lo hagan los de enfrente, claro, nosotros somos justos hasta para robar…

He contemplado a una poderosa mujer excluir a otra del feminismo porque no comparte su misma ideología, “bonita”.

He leído cómo los cien años de honradez sindicales se concretaban en cursos inexistentes y dinero para langostinos y centollos.

He oído atónito a algún tipo de la extrema derecha renegar del estado autonómico después de haber vivido años y años de la caridad de un chiringuito autonómico.

He presenciado, en fin, a gobernantes intentando proteger de la mano de la justicia a los que se han saltado la Ley; mientras dejan desprotegidos a los que la han cumplido a rajatabla.

Bla, bla, bla.

¿Y dices que tú has visto cosas que no creeríamos, Rutger?

No sigo. Bastantes ejemplos son, y este escrito no va de desahogo. Va de catarsis y reconciliación.

Porque, y esta es la cuestión:

¿Soy yo mejor que esta gente? ¿Son certeras mis críticas? ¿Soy yo el que tiene la razón? Pues seguramente en unas cosas sí; pero en otras no y estaré rematadamente equivocado; porque ni soy infalible ni soy un santo varón. Mi humanidad, no pasa nada por reconocerlo, deja bastante que desear, como la de cualquier hijo de vecino.

Y de todos modos, aunque desde el punto de vista de mis convicciones creyera que acierto en mis aseveraciones, ¿saco algo positivo en denunciar estas cosas en una red de menos de 200 personas?

Pues vamos a ver. Entre mis “amigos” de la red en cuestión, quizá haya quien coincida en mis apreciaciones de estos apuntes políticos que hago de vez en cuando. E incluso quizá pulsen el botón de “like”, me imagino que por deferencia. Y a uno eso le complace, lo admito.

¿Y…?

Quiero decir. ¿Por qué me complace? ¿Va a suponer un paso más en el afianzamiento de los ideales que defiendo, o en la denuncia de las contradicciones que denuncio? No lo creo. Quizá lo que ocurra es que este simple gesto adula mi vanidad.

Vanidad y banalidad.

Otros amigos, me imagino que la mayoría, leerán la reflexión y, cansados de esta dialéctica de denuncias y críticas, cansados de palabras de desasosiego, sean pertinentes o no; pasarán de largo, correrán un tupido velo, y no le darán más importancia ni trascendencia. Y santas pascuas.

Y luego están los otros amigos, aquellos que disientan de mis opiniones. Y dentro de este grupo, podremos diferenciar a los que, por sentido de la amistad, pongan en la balanza lo bueno y lo malo que uno les aporta en nuestra relación y hagan la vista gorda (o tal vez, para no quedar mal, silencien mi cuenta).

Y podremos distibguir a los que no tienen el mayor reparo en mostrar su desacuerdo, en rebatir mis opiniones, e incluso en atacarlas sin ningún tipo de miramiento.

Y hacen bien. Yo no lo hago. Salvo en alguna ocasión muy puntual, rara es la vez que yo me haya metido en el “muro” de un amigo para darle un poco de “cera”. No porque no sea legítimo hacer eso, que lo es: quien opina en un lugar público debe aceptar deportivamente las réplicas. E incluso aprender de ellas.

No. No lo he hecho simplemente porque no me gusta discutir con mis amigos. Me duele, o en todo caso me incomoda. Me angustia.

Y entonces, ¿por qué escribo en la maldita red social opiniones susceptibles de ser rebatidas y atacadas?

Bueno, pues porque en algún momento quizá pensé que esos debates, algunas veces verdaderamente broncos, aunque sean entre amigos; suponían el precio a pagar por denunciar lo que yo creo denunciable y defender mis principios.

¿Ante una comunidad de unas 200 personas, que en realidad seguro que son apenas una treintena?

Absurdo.

Entonces, quizá escribía esos posts porque era el precio que tenía que pagar por alimentar mi vanidad.

Pues ya no me merece la pena.

Y dejaré de participar en estos debates. Y será bueno para mí, y para la mayor parte de mis amigos de la red, aquellos que huyen de las miserias de cada día y tan solo miran sus pantallas para encontrar pequeños retazos de felicidad, propia o ajena.

Buscan alegría, que diría Manuel Vilas.

Y quizá será un sutil fastidio para aquellos amigos a los que les gustaban estos debates, a menudo broncos. Haberlos, “haylos”.

Para mí no será un fastidio.

Una vez tuve uno de estos debates con un gran amigo (aunque en este microcosmos virtual no lo parezcamos, somos buenos amigos, y nos tenemos gran consideración y estima), a cuenta de lo de siempre: la herida que perdura abierta y sangrante en esta España (a la vez preciosa y desastrosa) desde hace más de 84 años. Al día siguiente, azorado y deprimido por la “bronca”, me encontré con él en el plano humano (físico), y me apresuré a pedir disculpas por mi tono afilado en la lucha dialéctica y le recordé que mi línea roja en esto es la amistad. Él me contestó con temple quitando hierro al asunto, que no me preocupara, que, en fin, estas cosas de las redes… Pero hubo algo que me dejó pensativo. Lo último que me dijo fue:

“Además, a mí estos debates me gustan, me dan vida…”

Pues a mí no.

De verdad, a mí no. Creía que era impermeable y que mi vanidad era mayor que los efectos colaterales de los debates sin concesiones al abrigo del teclado y la distancia física (luego en la vida real, nuestras formas son exquisitas). Pero no.

Cuando llego a la discusión bronca y afilada, mi mente se desorienta, cae en un bucle del que no puede salir, consume mi energía en la búsqueda de la réplica, me enfado conmigo mismo por dedicar mi tiempo a esto y no a otras cosas, me agoto, contagio mi malestar y mi agotamiento a mis seres queridos y próximos.

¿A qué podría dedicar el tiempo entonces?

A la alegría.

Ahí es donde yo quería llegar. A la mía, y a la de los demás. Porque si yo me inundo en la alegría, la transmitiré porque me desbordará; igual que cuando las polémicas de las redes sociales me envuelven en un halo de ira o decepción, esa angustia y pesadumbre la transmito a las personas a las que amo.

Lárgate vanidad, no mereces la pena. Al menos, así no.

Y entonces, ¿tiene sentido seguir en una red social? ¿Tiene sentido poner algún post si no es para defender y promover mis ideales a un (seguro que cansado) grupo de apenas 200 personas, que en realidad será tan solo un puñado?

Sí.

Las redes son buenas. Lo que puede ser malo es el uso que se les dé.

A esas 200 personas les puedo intentar proporcionar alegría. No a grandes dosis, no valgo tanto como para lograr ese milagro. Pero sí pequeñas cucharaditas, como muchas de ellas me las proporcionan a mí continuamente, en una simbiosis casi milagrosa. Ese es el sentido que tiene una red social saludable. Intercambiar alegría. Pequeños sorbos de alegría, píldoras de esperanza, de amor.

En esto me influyó mucho las palabras de alguien que no me podía imaginar. Hace poco vi en un programa muy bonito de la tele reflexionar a la cantante albaceteña Rozalén. En cierto momento, su interlocutor, el eterno rockero Ariel Rot (como eterno es su acento meditado de argentino) le preguntó si se había sentido atacada en muchas ocasiones, y cómo lo había afrontado. Ella respondió, con esa templanza que tenemos los manchegos, que sí, se había sentido atacada en muchas ocasiones. Pero había encontrado la fórmula para responder a las agresiones y ataques.

Responder con amor.

Me impresionó. Y lo dijo con sencillez y determinación. Con lucidez.

Y puede que suene raro, y más si adopto yo sus palabras como mías, un tipo con un humor bastante peculiar que llega sin remisión a la cincuentena (y ojalá que llegue, eso será la mejor de las señales: será indicación de vida). Pero es así.

Responder con amor, y propagar amor en pequeñas cápsulas llamados “posts”.

Ahí está la clave.

Pero cuidado.

Hay quien dice que los usuarios habituales de las redes sociales llenan sus muros con sus vidas, las retransmiten casi obscenamente, la vida en directo. Pero, además, ni siquiera la vida real; sino la que quieren mostrar para, de nuevo, alimentar la vanidad.

Ay, la vanidad.

Mirad que feliz que soy. O sea, soy feliz porque sé que me veis feliz. Y me veis feliz porque yo os proporciono, segundo a segundo, mi dicha a golpe de post. Sea real o no, eso qué más da. El caso es que lo parezca.

No. Eso es un riesgo inherente a quien comparte contenidos en una red social. Eso pasa; pero yo no me refiero a eso. Eso no es alegría. Eso esconde cierta amargura, cierto complejo.

Quien es feliz no necesita decírselo al mundo, y menos a un colectivo cuasianónimo.

Yo no me refiero a transmitir una (mi) vida segundo a segundo. Me refiero a diseminar algunos de los pequeños milagros cotidianos que, con un poder casi sobrenatural, un poder que viene de lo más profundo de nuestra humanidad; nos aportan alegría, o al menos sosiego. Nos reconcilian con nuestra vida.

Una vez me ofrecieron integrarme en un proyecto político. Yo rehusé de inmediato. Contesté que no llevaría bien eso de no decir con toda libertad lo que pienso en cada momento, sometido a una disciplina, por suave que sea, de “partido”. Y mira que esa hubiera sido la oportunidad para difundir, en serio, mi idea de una sociedad de ciudadanos libres e iguales.

Fue una excusa, claro. Yo lo que tenía era miedo. Porque yo no aguanto el desasosiego, el enfrentamiento impúdico, a cara de perro. Ni siquiera con el parapeto de Facebook. Ni siquiera frente a amigos.

Argumenté también que cada uno tiene un papel asignado. El mío no es ser político. El mío es estudiar, investigar y transmitir mis conocimientos para intentar que mis alumnos sean mejores profesionales que yo mismo.

Eso en la esfera profesional.

En la esfera más íntima, yo creo que todos, también yo, deberíamos tener asignada la tarea de intentar compartir alegría y sosiego. Porque eso es lo que más feliz hace a uno, a su vez. Intercambiar positividad. Compartir pequeños parches de felicidad tejidos con esas facultades que Dios, o la Naturaleza, o el azar (eso depende de lo que crea cada uno) nos ha regalado.

Cada uno con sus aptitudes. Yo no puedo regalar alegría con mi carácter festivo, porque no tengo tal carácter. Mi padre sí podía, y un hermano mío también puede. Y mi esposa. Incluso mi pequeñaja puede. Porque tienen un carácter bondadoso y alegre. Yo no tanto.

Pero yo puedo dar un poco de alegría transmitiendo mis propias emociones, o compartiendo alguna foto en la que pongo más corazón que calidad técnica, o con mis dibujos. O compartiendo, simplemente, los retazos de felicidad que otra gente lanza al vacío de las redes sociales y yo cazo al vuelo y reenvío. Por ahí hay gente maravillosa que son alegría en sí misma.

Para difundir estas cosas sí puede ser útil que yo comparta mi esfera más íntima. Los sentimientos más profundos que pueda esconder detrás de una anécdota, del recuerdo de quien más me impresionó, de una instantánea o de la narración de algún pequeño hito familiar. Todos, absolutamente todos, guardamos retazos de vida incandescentes que irradian alegría.

Sí. Si una pequeña experiencia puede dar alegría alguien de entre esas 200 personas que mantienen un nexo virtual conmigo merecerá la pena. Aunque sea una décima de segundo de alegría. Un átomo de felicidad. Eso es bonito.

No es bello, aunque a veces sea necesario, insistir en la denuncia de las miserias humanas que, por otro lado, las admitamos o no, todos sabemos que ocurren y existen. Redundar en las partes más oscuras de la vida. Porque ya las conocemos todos, y cada uno las gestionamos como podemos y queremos. Nadie tiene que venir a decirnos machaconamente que la humanidad tiene también una parte oscura y perversa. Ya lo sabemos.

Lo que hay que compartir corazón. Alegría.

¿Y será eso de nuevo un acto de vanidad?

Seguramente. Pero bienvenida sea esa vanidad si puede arrancar media sonrisa a alguien. O darle un soplo efímero de paz, de reconciliación con lo que hace también a la vida condenadamente bella.

 

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