Veinticinco años son menos.

 
Casco antiguo de la ciudad de Toledo.

La mañana del domingo 2 de octubre de 1.994 mi padre me llevó a la ciudad de Toledo en su 124 color guinda, para comenzar una nueva e intensa etapa de mi vida. Durante el trayecto, el primero de innumerables viajes más en las tardes de domingo, mi garganta albergaba un pequeño nudo al que mi entusiasmo por emprender esa fascinante aventura intentaba ignorar. Era un nudo fruto del agradecimiento a mi chica, a mi familia, a mi madre y a ese hombre enjuto que conducía a mi lado su viejo coche, feliz de poder ayudarme, consciente de lo importante que ese viaje era para mí. Mi padre.

En aquel primer curso viví en un apartamento alquilado frente al parque del Circo Romano, a pocos metros de la Avenida de La Reconquista; un lugar con el que había dado una semana antes tras un viaje exprés en el que formalicé los papeles del contrato con la Universidad y busqué algún tipo de alojamiento.

Volviendo a aquel mi primer domingo en Toledo, cuando mi padre me dejó en el apartamento y marchó de regreso a Valdepeñas, mi entusiasmo inicial por saberme tocado por la fortuna y tener la ocasión de trabajar en algo que yo creía vocacional fue dando paso a una extraña sensación de soledad y, por primera vez, a mis primeras dudas sobre si el camino que emprendía era el correcto. Cuando la tarde fue extendiendo sus sombras estaba bastante decaído en esa ciudad que me resultaba tan ajena y extraña, y ya no podía obviar que echaba de menos la mirada de esa chica pecosa que se había quedado a 160 kilómetros esperando mi regreso.

Al final me dejé llevar y aterricé en los cines María Cristina para ver, por primera vez, un clásico de la época que  me reconfortó y me ayudó a ver las cosas con renovado optimismo: Cuatro Bodas y un Funeral. Al salir del cine, bajando hacia el Circo Romano por los jardines de La Vega, compré un cartucho de patatas fritas en uno de los puestos del lugar y, con la melodía de Love is all around metida en la cabeza, pensé que, a partir de ese momento, todo iría bien, y que lo único que tenía que hacer era perseverar en la virtud de la paciencia y en el trabajo duro.

Unas semanas más tarde hubiera dado lo que fuera por poder tirar la toalla. Pero esa es otra historia.

En la mañana siguiente, la del lunes 3 de octubre de 1.994, Toledo amaneció radiante. Los temores de la noche anterior, sin duda fruto del cansancio y de los nervios acumulados en las semanas precedentes, se habían disipado; y me sentía con las fuerzas y el ánimo intactos cara a afrontar mi primer día oficial de trabajo en lo que yo me empeñaba en concebir como la fuente del conocimiento.

Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Edificio S. Pedro Mártir.

Me puse en marcha y, cuesta tras cuesta, incluida la empinada rampa del Cristo de la Luz, me planté a las puertas del Palacio de Padilla, que aún era, aunque por poco tiempo, sede de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de Toledo. Tras preguntar al conserje que me encontré en la entrada, Manuel, el mismo señor amable, delgado y con bigotito que luego sería durante varios años mi vecino en la localidad de Cobisa; subí y llamé a la puerta de una de las estancias de la planta superior. Al entrar, vi un puñado de personas deambulando de un lado hacia otro. Me agarré a la mirada fugaz que alguien me había dirigido, y aproveché para identificarme y preguntar si sabía dónde podía encontrar al profesor Martínez Aguado, mi jefe. Hubo algunos cruces de miradas cómplices y sonrisas, hasta que una simpática profesora, que se presentó como Pilar Uriz, del área de conocimiento de Estadística, me contestó que seguramente Timoteo no pasaría por allí ese día. Mi anfitriona circunstancial me presentó al resto de colegas y, comprendiendo lo apurado de mi situación, me aconsejó que me instalara donde pudiera. Es entonces cuando caí en la cuenta de que para unas diez u once personas que estábamos, contábamos con dos mesas de oficina, un puñado de sillas, y un par de PCs (386 de los de entonces, por supuesto sin ningún tipo de conexión a red).

Sin saber muy bien cómo actuar, me senté en una silla junto a un ventanal, saqué mis apuntes de Econometría de la carrera y me puse a leerlos, repitiéndome en bucle a mí mismo que en mi contrato ponía que ese día comenzaba a trabajar en la Universidad y que, por tanto, aunque sin jefe, sin instrucciones, sin mesa, y tal vez sin silla si me levantaba aunque solo fuera para ir al lavabo, algo tendría que hacer en ese lugar para justificar mi futuro sueldo de ayudante de escuela universitaria.

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Toldos del Corpus Christi en Toledo.

Ese fue el primero de otros muchos días en los que la jornada acababa, ya tarde, bajando por las empinadas cuestas del amurallado casco antiguo de Toledo y saliendo de éste por la puerta de Alfonso VI rumbo a la Avenida de Reconquista y al Circo Romano.

El primer día de un largo peregrinaje por el tiempo y el espacio en la Universidad de Castilla – La Mancha. Una travesía que me llevó de la monumental Toledo a la afable Ciudad Real, pasando por mis añoradas estancias de investigación en la singular Venecia, no tanto en la cinematográfica y turística ciudad serenísima como en la de los barrios de pescadores y callejuelas de tesoros olvidados y olor a salitre.

El primer día de un trayecto en el que pasé de ser posiblemente el docente más jóven de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de Toledo a uno de los profesores veteranos de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Ciudad Real.

El primer día de otros muchos días que me permitieron conocer a multitud de personas, buenas y no tan buenas, me quedo con las mejores. Desde Luisa, esa maravillosa señora que me contaba las historias ocultas del Convento de San Pedro Mártir de Toledo y la monja emparedada en la zona donde estaba mi despacho (eso sí, con mucho humor y sorna); hasta nuestro recordado Julián, ordenanza de la Facultad de Ciudad Real con el que siempre mantuve un entrañable tira y afloja por una botella de buen vino que le debía, y que nos dejó para partir a un mundo lejano, desconocido y seguramente bello. Pasando por tantos y tantos compañeros y amigos, amigos y compañeros, que me han abrigado en los momentos malos y me han llevado en volandas hacia los buenos, y que no voy a nombrar por temor a dejarme a alguno en el tintero de esta memoria quebradiza.

El primer día de una interminable serie de días, algunos monótonos, tranquilos y reconfortantes; y otros salpicados de singulares momentos que quedaron enganchados en mi memoria, como aquella sobremesa en la que comía tranquilamente unos macarrones con un poco de aceite de oliva frente a un pequeño televisor en blanco y negro, tras haber cuidado un examen; cuando, de pronto, vi desplomarse a las mismísimas torres de Manhattan. Y el tiempo se paró.

El primer día que me puso en disposición de intentar dar lo mejor de mí para explicar lo poco que puedo llegar a saber a quizá más de 2.500 estudiantes.

Y en esa tarde de vuelta a casa tras mi primera jornada laboral, recuerdo cómo el cielo encarnado dio paso a las primeras sombras mientras cruzaba la ajetreada plaza de Zocodover, y cómo el aire fresco llenaba mis pulmones de esperanza y optimismo en las inmediaciones de la Puerta del Sol. Y cómo fue aquella la primera vez en la que me paré unos instantes frente al escaparate de un pequeño comercio escondido donde se exponían marionetas y muñecos de artesanía que tenían la virtud de transportarme a la niñez.

Toledo tiene rincones mágicos, y seguramente los sigue teniendo, 25 años después.

(Pequeña historia como celebración de mis 25 años como profesor en la Universidad de Castilla – La Mancha.)

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