
Ábrete paso
En el Espacio. Leiva.
por el camino de estrellas,
tú solo mueve los brazos
que yo te cubro allá afuera.
Ya no se sienten tus pasos
y se nos doblan las piernas.
Ya que has subido bien alto
no te me caigas de vuelta.
Eres lo único que veo entre la niebla,
lo único que vale la pena.
Eres lo único que tengo que hacer,
lo único que queda.
Tengo pedazos
de un disco ya en la cabeza;
¿Qué tal allí en el espacio
o no te pillo despierta?
Hoy te has lanzado hacia abajo,
yo estaba en la furgoneta
llegando al barrio con Juancho
después de días de guerra.
Eres lo único que veo entre la niebla,
lo único que vale la pena.
Eres lo único que tengo que hacer,
lo único que queda.
Eres lo único que veo entre la niebla,
lo único que veo en la tormenta.
Eres lo único que veo entre la niebla,
lo único que veo en la tormenta
Te veo llegar cuando los primeros rayos de luz apenas despuntan. Vienes guapa. Llevas un vestido blanco, ligero, tu sonrisa te acompaña como siempre, y yo también sonrío. Siempre nos hemos reído mucho. Continuamente hemos hecho el humor.
Nos montamos en mi pequeño coche, ese que siempre te gustó un poco. Nos ajustamos sendas gafas de sol, ponemos nuestra lista de música y arrancamos. Llevamos escaso equipaje, en los viajes imaginarios no hace falta demasiado. Arrancamos y tomamos velocidad. Las ventanillas, un poco bajadas, dejan pasar una agradable brisa que acaricia nuestros rostros. Tarareamos Leiva.
Estos trayectos son livianos, poco pesados. Aunque hemos viajado durante horas y horas, no estamos cansados. Es lo que tienen los viajes que no se hacen.
Cuando la tarde declina y las primeras sombras se alargan, llegamos a un lugar indeterminado. Es una especie de prado salpicado de pequeñas flores, la mayor parte son suaves margaritas. Frente nosotros, tras una pequeña pendiente que desciende hasta una playa de arena blanca, el mar azul se extiende inmenso y tranquilo. Escuchamos el vaivén de las olas que rompen con armonía, huele ligeramente a salitre.
Poco después la oscuridad gana la partida y anochece. La luna impregna la superficie del mar con destellos de plata. Para entonces, estamos sentados en la arena, con una botella de verdejo fresco y dos copas que han sido rellenadas varias veces, y que proyectan a sus espaldas, sobre una roca, unas sombras temblorosas, como si fueran una pareja de marionetas admirando el cielo de estrellas. La luz de la luna resalta el blanco de tu vestido. Nos hemos descalzado y yo te he trenzado una guirnalda de flores que te has puesto en la cabeza. Te sienta bien.
Nos reclinamos sobre la arena, imitamos a las copas-marioneta y contemplamos el firmamento. Comento que en tu cuerpo hay más pecas que estrellas en ese cielo. Tú te ríes y me susurras que siempre he sido un poco cursi, solo un poco, pero que te gusta. A mí, me gusta que te guste.
Permanecemos así, contemplando el firmamento, no sé en qué momento nos abrazamos. Esperamos ver el platillo volante de Turnedo, mientras el sonido del vaivén de las olas se mezcla con el de los grillos que, desde el prado cercano, nos brindan su concierto.
Te miro sin que te des cuenta, tú ensimismada contemplando el firmamento. Te veo bonita, como siempre te vi, con tus ojos brillantes y tu sonrisa levemente dibujada. Nos incorporamos, con la punta del pie has trazado un círculo entorno a nosotros. Nos abrazamos, y noto la oxitocina fluyendo por mis venas. Los abrazos de más de 20 segundos generan oxitocina.
Nos susurramos al oído, así abrazados, juegos de palabras y vocablos inventados. Recordamos todas esas aventuras que (no) hemos pasado juntos, planeamos las que (no) pasaremos.
Nos besamos. Tus labios saben bien.
Abro los ojos.
La bruma procedente del mar lo ha cubierto todo de un vapor blanco, casi opaco, frío. No veo nada. Ya no te veo, hemos perdido el contacto.
No estás. Nunca estuviste. Siempre estarás.
Ya no me hallo en la playa, frente al mar, contigo. Tras de mí, no hay ningún prado en el que los grillos canten. Alzo la vista. Te has ido a algún lugar de ese firmamento estrellado, en el espacio.
¿Qué tal se está ahí afuera?
Asumiré que ya no eres más que un recuerdo de lo que nunca pudimos ser. De lo que siempre fuimos. Quizá en mi imaginación.Y eso que a menudo fuiste lo único que veía entre la niebla.
Pero eso siempre lo supimos. O, al menos, yo.
Y si se diera la circunstancia inverosímil de que bajaras y me buscaras, no dudes de que yo te invitaría a quedarnos en mi habitación, cogiditos de la mano…