(4) La (in)soportable levedad del ser.

Yo siempre fui leve. Ligero, liviano, tenue.

Desde pequeño. Tanto físicamente como en mi forma de ser.

Fui tan leve que, cuando era un niño y jugaba en la plaza y me acercaba al quiosco del bueno de Jose; tenía que esperar pacientemente a que el resto de chavales terminaran sus compras, ya que, más avezados que yo, me robaban el turno sin el menor pudor. Y luego Jose se dirigía a mí, bajando la mirada hasta posarla en mis ojos: «Hombre, colorín, ¿qué quieres?». Y a mí me desagradaba ese apelativo, por muy cariñosamente que lo dijera, sin saber exactamente por qué. Hasta que me enteré de que un «colorín» es un diminuto pajarito, un minúsculo saquito de plumas, al que todos conocemos como jilguero.

Con 7 u 8 años, no tenía demasiados amigos. Como mucho fui casi obligado a algún cumpleaños, como al de mi vecino Lalo; y para lo único que los niños se dirigieron a mí fue para llamarme fideo, y poco más.

Cuando lograba participar en algún juego en la plaza, de los que se organizaban espontáneamente en las tardes de primavera (un escondite, un «toro en alto» o un «toro salva»); hubo numerosas ocasiones en las que se daba por acabada la partida cuando a mí aún no me habían «pillado». Alguna vez hasta logré, camuflado en mi intrascendencia, esquivar a los que «se la quedaban» para «salvar» a mis compañeros… Y estos me miraban con extrañeza y preferían seguir presos a ser liberados por ese chico menudo y casi desconocido.

En el cole no era mucho más popular. Los recreos eran lo peor, qué paradoja. Podía quedarme sin hacer nada, sentado en algún rincón del extenso patio, observando cómo el resto de niños jugaban mientras yo me comía un Phoskitos o una torta de azúcar; o incorporarme al partido de fútbol correspondiente a mi curso (y que se superponía y mezclaba con el del resto de cursos, en un caos apocalíptico de balones, tropezones y carreras, con porterías donde se disponían 5 o 6 porteros a la vez, uno por curso). Obviamente, nadie me pasaba la pelota y, con suerte, en la media hora de partido quizá la rozaba alguna vez. Eso sí, alguna ventaja tenía mi translucidez: podía cambiarme de equipo una y mil veces, que a nadie le importaba un comino. Aunque tampoco le importaba en exceso a nadie que algún balón traicionero impactara en mi cara o en mi pecho y me dejara noqueado o sin respiración.

Por suerte, ya en séptimo y octavo me incorporé a un grupo de amigos, mi pandilla, Raúl, Chema, Justo y yo; y por fin esa primera etapa de soledad concluyó. Esos dos últimos cursos fueron muy felices, y hasta me eligieron para el equipo de baloncesto del cole, porque he de decir que en las pachangas organizadas al salir de clase, por las tardes, no jugaba nada mal. Aunque en el equipo oficial volvía a diluirme en mi intrascendencia y mis compañeros no me pasaban, de nuevo, ni un solo balón. Pero, al menos, pertenecía al equipo, y a pesar de todo anoté 20 puntos… en un total de 12 partidos.

En el instituto no cambiaron mucho las cosas en cuanto a mi falta, no ya de popularidad, sino de simple visibilidad. En esta etapa, mi intrascendencia, mi levedad, se trasladó al tema de las chicas. Yo era el típico muchacho enamoradizo y tímido incapaz de dirigir ni media palabra a la muchacha por la que bebía los vientos; mientras que muchas de mis compañeras de curso debían pensar que yo era parte del mobiliario del aula. No obstante, en el último año, en el COU, se rompió esa maldición y alguna chica se sintió atraída por mí. Pero al final, mi levedad se impuso a mi vena romántica y un poco cursi de la que siempre he hecho gala, de modo que cuando quise reaccionar y tomar el control de la situación ya me encontraba muy lejos, en el espacio, flotando como un solitario globo relleno de helio.

Posteriormente llegó la Universidad y mi insubstancialidad apenas disminuyó. Es verdad que con mis compañeros de piso o de clase hice buenas migas, y pasé quizá la época más feliz de mi vida. Pero también es cierto que, en general, yo no pintaba mucho, y todas las decisiones me venían dadas, y yo simplemente me adaptaba. Mis opiniones, hay que reconocerlo, debían de ser muy poco interesantes, a la vista de que nunca se solían tomar demasiado en consideración. En relación con esto, suelo relatar siempre una anécdota ilustrativa. Era uno los años de carrera en el que compartía piso con otros 7 chavales. La hora de comer era el momento de comentar las experiencias de la mañana. Hubo una ocasión en la que, en una de estas comidas en la que todos mis compañeros estaban de cháchara mientras daban cuenta del guiso de patatas, intenté contar alguna historia, y por mucho que busqué alguna mirada cómplice, tuve poco éxito. Entonces, movido por una especie de acto de rebeldía muy extraño en mí, me puse a relatarle mi mañana a la lámpara que teníamos sobre nuestras cabezas… Al rato, se hizo el silencio y, cuando me di cuenta, ahí tenía a mis siete compañeros observándome con cierta perplejidad. Me levanté de la silla y me fui a la cocina a buscar un yogurt.

Aún así, como digo, esos años de Universidad fueron, en general, muy buenos, quizá los mejores, si tomo perspectiva. Buena parte de la culpa la tuvo mi amigo y compañero de piso Ramón. Con su complicidad aprendí a disfrutar de mi intrascendencia, e incluso a reírme de ella, a tomarla con buen humor. Y funcionó bastante bien. Me sentía simultáneamente centrado en mis estudios y flotando en una especie de atmósfera de ligereza banal. No era tan malo no tener mucho peso específico. Not to be but to be.

Sí. Al final de mi etapa universitaria me sentía muy confortable siendo un tipo leve: hacía lo que quería y no le daba demasiadas vueltas a las cosas. Me dejaba llevar por la brisa del devenir, intentaba disfrutar de lo bueno que me encontraba y no cargar con ningún lastre.

Es en el verano en el que había terminado la carrera cuando leí La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. En la piscina, mientras buscaba un cruce de miradas con aquella chica tan bonita que me había cautivado desde hacía unos meses; cruce de miradas que rara vez llegó a ocurrir, aunque alguna vez pasó, y eso fue lo bueno y lo peor.

Mi confortable levedad no duró demasiado. Un tiempo después comencé a trabajar en la Universidad como profesor, en la fascinante ciudad de Toledo; y mi vida basculó de un modo repentino y brutal. Si de niño me apenaba ser tan leve que me veía obligado a llenarme los bolsillos de chinitas para no salir volando entre las nubes en cuanto soplaba una ligera brisa; en esta etapa comencé a sentir el peso de otros pedruscos mucho más pesados, en una mochila imaginaria que me colgué, y que me colgaron, demasiado pronto. Los guijarros de la responsabilidad. Bienvenidos al mundo real.

Un peso cada vez mayor que rara vez me ha dado alguna tregua. Desde entonces pasé a ser, y ya van más de 30 años, una persona con frecuencia asfixiada por un exacerbado sentido de la responsabilidad, sentimiento que hasta mi exilio toledano había permanecido agazapado en algún rincón de mi cabeza, oculto, esperando su ocasión. No es que crea que es malo ser responsable; pero sí el sentimiento de tener que ser responsable y perfecto, cabal y racional, 24/7. De no poder permitirte la licencia de una pequeña locura, o un error de bulto, o de hacer de vez en cuando lo que no es lo más correcto. De tener que ser a veces esa consciencia cuerda de aquellos que carecen de ella.

O sea, que como decimos los cuantitativos, lo complicado es sobrellevar el límite de la responsabilidad cuando «n» tiende a infinito.

No quiero decir tampoco con lo anterior que estos últimos 30 años de mi vida hayan sido un infierno, ni mucho menos. Como la mayor parte de la gente, he pasado por rachas buenas y malas, he vivido momentos mágicos e irrepetibles y momentos verdaderamente duros. De hecho, creo que he de sentirme, en general, agradecido por la vida que he llevado y llevo; que me ha regalado mis dos lunas, un puñado de buenos amigos, y me ha permitido cubrir razonablemente bien mis aspiraciones profesionales.

Aunque qué diantres, insisto. Creo que todo hubiera sido aún mejor si hubiera dejado un poco de lado la tara de la híper-responsabilidad y hubiera podido administrarme una dosis generosa de la levedad que me supuraba por los poros de la piel durante la primera etapa de mi vida. Porque la gravedad de sentirme responsable de buena parte de lo que acontece en el mundo me ha causado también heridas que no siempre cicatrizaron bien. Una relación afectiva larga y fallida, un par de pérdidas de cabeza, y esa maldita sensación de llegar a todo a marchas forzadas, sin aliento, porque era lo que debía de hacer. El deber hacer desplazando continuamente al querer hacer. Y es que hubo momentos en que la fuerza gravitatoria de la responsabilidad fue tan enorme que parecía aplastar mis pulmones contra el suelo, casi físicamente.

Y llegamos a esta última etapa en la que me encuentro. Etapa de catarsis. Dolorosa, desorientada, fascinante.

Desde hace poco tiempo, terrible.

Etapa en la que he comprendido que el único modo de llevar una vida relativamente satisfactoria es volver a ser leve, al menos un poco, solo un poco. Y claro, para ser leve, hay que quitar piedras de la mochila con la que me castigué a mí mismo, la mochila con la que negocié formar una sociedad de responsabilidad ilimitada. Qué irresponsabilidad.

Yo no soy ningún ser mitológico que deba cargar en sus espaldas con el devenir de los destinos de nadie. Toca llenar esa mochila de palabras más ligeras, de cierta intrascendencia, de oxígeno.

Y ahí estamos, en pleno trajín, dejando tras de mí un sendero de diminutos cantos, poco a poco.

Y quien quiera encontrarme, quien esté verdaderamente interesado en mí, de modo incondicional, con mi levedad y mi intrascendencia incluidas, también con la paz y la alegría que soy capaz de generar a mi alrededor, pues que siga ese sendero. Y al final del camino encontrará, espero, al ser liviano que escribe estas líneas, el mismo que desde hace varios meses, tras la tormenta perfecta de dolor, ha comprendido que la levedad no solo es soportable; sino que a menudo es muy deseable.

Nota del autor: Sí, nadie tiene que convencerme de que «diantres» es un término muy repipi; pero por qué no darle un poco de vida a nuestra preciosa lengua. Qué diantres.

2 comentarios sobre “(4) La (in)soportable levedad del ser.

  1. Me has dejado sin palabras… adoro cómo escribes, la suavidad, sutilidad, honestidad y naturalidad con la que enlazas las palabras que te llegan al alma y en las que yo también me siento representada. Sabes? quizás es el momento de ir a Estocolmo.

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    1. Muchísimas gracias, Clara. Me da un poco de pudor viniendo de una persona que se dedica a escribir de modo profesional. No tengo muchos recursos literarios; pero sí es cierto que en cada pequeña historia que cuento pongo el alma.

      Ay, Estocolmo…

      Un abrazo gigante, querida Clara.

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