Con lo tonta que es la gente
Los Punsetes (2010) Idiota
y la de gente que hay,
que va de guay,
estadísticamente
lo más prudente
es aceptar
que a lo mejor soy idiota.

Hace unos días cumplí 55 años. Mientras intento ser consciente de esta realidad, de la que mi cuerpo me viene avisando, he estado reflexionando sobre dos conceptos.
Uno, del que pronto escribiré alguna disertación más trascendental: la soledad. Mi soledad.
El otro, del que me ocupo en esta entrada, algo más liviano: las micro-idioteces.
Las micro-idioteces son comportamientos, acciones (u omisiones), gestos que ocasionan pequeños malestares en la vida cotidiana de los que están en torno a quien los realiza.
Todos hemos sido y somos víctimas de las micro-idioteces. Y también muchos de nosotros, si no todos, somos el origen de múltiples micro-idioteces.
Yo no consideraría idiota a alguien que sea fuente de algunas micro-idioteces de modo inconsciente. En cambio, aunque se trate de un puñado de pequeñas idioteces, si el sujeto emisor es consciente de lo que hace (aunque no quiera admitirlo ni ante sí mismo), en mi opinión será un idiota, con todas las letras. De este modo, el alcanzar la condición de idiota no se basa tanto en la cantidad de idioteces que se generen; sino en el grado de conciencia que se tiene sobre ese hecho.
Una sola micro-idiotez puede lograr que alguien sea un verdadero idiota. Si se trata de una idiotez grande, para qué hablar.
(Paréntesis: llama la atención lo que cuesta alcanzar el estado de perfección en algunas materias; y lo fácil que es alcanzar ese estado cuando lo que se pretende es ser un idiota redomado).
Precisamente me he decidido a poner negro sobre blanco varios pensamientos sobre este tema tras sufrir esta misma tarde las consecuencias de una micro-idiotez.
Es un desahogo, sí. Lo admito, y me da igual.
La cosa ha sido así.
Tras la sobremesa, ha caído una nube bastante copiosa en nuestra ciudad de viñedos. Cuando ha escampado, he salido con mi fiel Coca-Cola a dar su preceptivo paseo (bueno, ella me saca a mí, para ser precisos).
Iba por la acera de una travesía ancha, de dos carriles por sentido, con abundantes charcos extendiéndose por la calzada, cuando me he percatado de que venía hacia nosotros una furgoneta que transitaba a un ritmo no precisamente moderado. En su interior, tres tipos jóvenes, con gesto de sobrados y gafas de sol, conversaban animadamente y reían. De pronto, he caído en la cuenta de que, con el estado del piso y la velocidad a la que circulaba el vehículo, un buen chapuzón estaba asegurado. Viéndolas venir, he levantado una de mis manos y la he puesto en horizontal, boca abajo, subiéndola y bajándola, a fin de que se percataran de lo que podía pasar y redujeran la marcha.
Después, lo que recuerdo son las cabezas de los tres tipos girándose levemente hacia Coca-Cola y un servidor. Han continuado con sus risas y su conversación, y no han levantado el pie del acelerador lo más mínimo.
Ducha sobrevenida.
Han seguido su camino sin más, mientras la pobre Coca-Cola agitaba su cabeza y su cuerpo para liberarse del agua que la empapaba.
Aquí tenemos un ejemplo de micro-idiotez (en realidad dos: ir a una velocidad excesiva para el tipo de vía, y no tener el cuajo de frenar para evitar que unos tranquilos viandantes queden enchumbados).
¿Es esta micro-idiotez suficiente para calificar de idiotas a los tres sujetos?
Sí. No por la micro-idiotez en sí (es condición necesaria; pero no suficiente); sino por la mala baba con la que han actuado (condición necesaria y suficiente).
Estos tipos apuntan maneras para llegar al culmen de la idiotez, al Olimpo de los idiotas. Imbéciles por antonomasia. Y es verosímil que sean felices ante tal perspectiva.
Pero los tres tipos de la furgoneta son, en realidad, la versión vistosa del fenómeno. Hay otras micro-idioteces más cotidianas, que se desarrollan casi a diario, a veces muy sutiles, camufladas en la costumbre. Hablo de pequeñas acciones que causan a quien las sufre una leve sensación de fastidio o desagrado. Y no iría la cosa a más si no fuera porque, a fuerza de la repetición y del pico y pala, llegan a mermar la calidad de vida de un modo, cuando menos, tangible. Es como una concreción de la tortura china de la que me hablaban cuando era niño (y que no sé si era algo real o un mito): una gota, siempre en el mismo sitio, hasta erosionar el cráneo y llegar al propio cerebro.
Pues así, pero con diminutas idioteces.
No hay que irse muy lejos para identificar bastantes de las micro-idioteces cotidianas. Las micro-idioteces nos rodean, nos hacen suyas. Nos envuelven. Para ejemplo, un botón. Solo hemos de repasar el transcurrir de un día cualquiera.
Mi memoria retorna hasta aquella mañana, no hace mucho, en que unos ruidos me despertaron bastante temprano. Trompazos, una excavadora, alguien desafinando al ritmo de Antonio Molina. Los de la obra de enfrente. Habían olvidado, vaya por Dios, que las ordenanzas prohíben producir ruidos molestos antes de las ocho de la mañana. Si al menos el currante cantara bien… (la memoria de don Antonio se merece un acto de desagravio).
Esa mañana salí de casa para que Coca-Cola me paseara. Y coincidimos con la vecina que jamás saluda. Y le dije «buenos días», y ella me respondió con un gruñido seco que podía significar cualquier cosa, desde «buenos días» hasta «ojalá te caiga un piano encima».
Y luego nos cruzamos con ese señor que suele pasear a un perro intimidadoramente grande. Y volvió a ocurrir que el perrazo del fulano se acercó a olisquear a Coca-Cola, que ladró ansiosa e incrédula. Porque no era la primera vez: es que el menda siempre lo lleva suelto. El tipo nos miró. Sonrió. «No te preocupes, si no hace nada…», me explicó, con un toque de vehemencia, por n-sima vez; como si le estuviera aleccionando sobre algo obvio al pobre incauto que soy yo.
Parece ser que molestar no es nada.
Luego están las micro-idioteces un poco malalecheras, como cuando cojo el coche y, situado en medio de la rampa que asciende desde la cochera hasta la calle, me doy cuenta de que a ambos lados de mi portada se disponen dos vehículos. Uno, el de la hija de uno de mis vecinos. El otro, un furgón de la dichosa obra de enfrente. Ambos han sido aparcados apurando hasta el último milímetro de acera que coincide con los límites de la portada, pese a que les queda bastante más hueco por los lados opuestos, y no necesitan en absoluto apurar tanto con la linde de mi salida. Una vez más lo han hecho, con reincidencia, que es el motivo por lo que califico esta micro-idiotez como alevosa.
El caso es que esto hace que no tenga campo de visión en esa calle en la que vivo y que se ha convertido 24/7 en una especie de circunvalación/autovía, en la que todo conductor se pasa el límite de velocidad de 30 Km/h por el forro. Así que no me queda otra que asomar peligrosamente el morro del coche, haciendo que el título de aquella canción de Quique González recorra mis conexiones mentales: Kamikazes Enamorados.
Y llego aquí a un clásico. A mi modo de ver, no hay mejor ámbito para hacer una idiotez tras otra que el anonimato que confiere el interior de un vehículo. Ponte a los mandos de tu coche, y serás un idiota sublime (me incluyo). Sujetos hablando animadamente a través de sus móviles, que acercan a sus bocas a la par que manejan el volante con un dedo. Especímenes que se encomiendan a un piloto automático inexistente, o quizás a San Cristóbal, mientras circulan sin mirar al frente porque no tienen otro momento más oportuno para escribir un whatsapp. Criaturas que se afanan en demostrar al mundo que la tienen más grande que nadie (la potencia de sus subwoofers), lo que certifican bajando las ventanillas y poniendo a toda mecha su ‘chin-chin-pum’, dejando tras de sí un reguero de tímpanos taladrados y cuestiones metafísicas.

Lo anterior me lleva a recordar el episodio de aquella señora tan peripuesta que iba a los mandos de su flamante Alfa-Romeo y que, al ver que yo me disponía a cruzar un paso de cebra próximo a mi hogar, aceleró para atravesarlo ella antes. Inconsciente de mí (que no afrontaba el mejor de mis días), a pesar de la maniobra de la señora comencé a cruzar la calzada por el paso de peatones con no poca temeridad. Se vio obligada a frenar de golpe. Yo seguí mi camino; pero ella bajo la ventanilla y me reprendió por ser un imprudente, ya que me había atrevido a salir de mi propia casa (unos metros más allá) y cruzar la calzada «con ropa oscura y sin prendas reflectantes (¿?)». Aunque fuera por el paso de cebra de una calle perfectamente iluminada, en pleno casco urbano…
En fin.
Sonreí con amabilidad (lo que la descolocó un poco) y me di la vuelta sin contestar nada. La réplica corrió a cargo de Coca-Cola, con un único y sonoro ladrido, y su trotecillo con la cola levantada, dando el culete a la indignada conductora.
Podría seguir extendiendo este post, hasta el infinito (y más allá), porque unas micro-idioteces llevan a otras. Creo que las iré añadiendo poco a poco, a modo de anexo, o las enumeraré progresivamente en mi cuenta de Threads, y así la utilizo para algo. Te animo, querido amigo o amiga, a que participes del recuento de micro-idioteces, que el soltarlas es buena terapia, o al menos induce a experimentar cierto regocijo.
Eso sí. Mientras termino de escribir estas líneas, pienso que, sin pretenderlo, yo también habré cometido hoy alguna micro-idiotez. Habré hablado más alto de la cuenta en algún sitio. Habré tardado más de lo razonable en pagar en una tienda. Habré, vete a saber, mirado mal a alguien por una tontería.
Espero, sinceramente, que, si la he cometido, haya sido sin enterarme. Porque ya lo decía al principio: la frontera está justo ahí. Hay un instante, una décima de segundo, en que uno sabe lo que está haciendo y decide hacerlo de todos modos. En ese instante, la micro-idiotez deja de ser una pequeña torpeza compartida con el resto de la humanidad y se convierte en otra cosa.
En una microscópica miseria.