Microidioteces.

Poco se ha hablado de las micro-idioteces, de las que somos víctima y origen cada uno de nosotros.

Hace unos días cumplí 55. Mientras intento ser consciente de esta realidad, de la que ya mi cuerpo me viene avisando, he estado reflexionando sobre dos conceptos. Uno, del que pronto escribiré alguna disertación más trascendental: la soledad. Mi soledad.

El otro, del que me ocupo en esta entrada, algo más liviano: las micro-idioteces.

Las micro-idioteces son comportamientos, acciones (u omisiones), gestos que ocasionan pequeños malestares en la vida cotidiana de los que están en torno a quien los realiza.

Todos hemos sido y somos víctimas de las micro-idioteces. Y también muchos de nosotros, si no todos, somos el origen de múltiples micro-idioteces.

Yo no consideraría idiota a alguien que sea fuente de algunas micro-idioteces de modo inconsciente. En cambio, aunque se trate de un puñado de pequeñas idioteces, si el sujeto emisor es consciente de lo que hace (aunque no quiera admitirlo ni ante sí mismo), en mi opinión será un idiota, con todas las letras. De este modo, el alcanzar la condición de idiota no se basa tanto en la cantidad de idioteces que se generen; sino en el grado de conciencia que se tiene sobre ese hecho.

Una sola micro-idiotez puede lograr que alguien sea un verdadero idiota. Si se trata de idioteces grandes, para qué hablar.

(Paréntesis: llama la atención lo que cuesta alcanzar el estado de perfección en algunas materias; y lo fácil que es alcanzar ese estado cuando lo que se pretende es ser un idiota de primera).

Precisamente me he decidido a poner negro sobre blanco mis pensamientos sobre este tema tras sufrir las consecuencias de una micro-idiotez esta misma tarde.

La cosa ha sido así.

Tras la sobremesa, ha caído una nube bastante copiosa en nuestra ciudad de viñedos. Cuando ha escampado, he salido con mi fiel Coca-Cola a dar su preceptivo paseo (bueno, ella me saca a mí, para ser precisos). Iba por la acera de una ancha travesía, de dos carriles por sentido, con abundantes charcos extendiéndose por la calzada, cuando me he percatado de que venía hacia nosotros una furgoneta que transitaba a una velocidad no precisamente moderada. En su interior, tres tipos jóvenes, con gesto de sobrados y gafas de sol, conversaban animadamente y reían. De pronto, he caído en la cuenta de que, con el estado del piso y la velocidad a la que circulaba el vehículo, una buena ducha estaba asegurada. Viéndolas venir, he levantado una de mis manos y la he puesto en horizontal, boca abajo, subiéndola y bajándola, en un gesto para que se percataran de lo que podía pasar y redujeran la marcha.

Después, lo que recuerdo son las cabezas de los tres tipos girándose levemente hacia Coca-Cola y un servidor. Han continuado con sus risas y su conversación, y no han levantado el pie del acelerador lo más mínimo.

Ducha sobrevenida.

Han seguido su camino sin más, mientras la pobre Coca-Cola agitaba su cabeza y su cuerpo para liberar su pequeño y alargado cuerpo del agua que lo empapaba.

Aquí tenemos un ejemplo de micro-idiotez (en realidad dos: ir a una velocidad excesiva para el tipo de vía, y no tener el cuajo de frenar para evitar que unos tranquilos usuarios de la vía queden enchumbados).

¿Es esta micro-idiotez suficiente para calificar de idiotas a los tres sujetos?

Sí. No por la micro-idiotez en sí (es condición necesaria; pero no suficiente); sino por la mala baba con la que han actuado (condición necesaria y suficiente).

Estos tipos apuntan maneras para llegar al culmen de la idiotez, al Olimpo de los idiotas.

Pero los tres tipos de la furgoneta son, en realidad, la versión vistosa del fenómeno. Hay otras micro-idioteces más cotidianas, que se desarrollan casi a diario, a veces muy sutiles, camufladas en la costumbre. Hablo de pequeñas acciones que causan una leve sensación de fastidio o desagrado a quien las sufre. Y no iría la cosa a más si no fuera porque, a fuerza de la repetición y del pico y pala, llegan a mermar la calidad de vida de un modo, cuando menos, tangible. Es como una concreción de la tortura china de la que me hablaban cuando era niño (y que no sé si era algo real o un mito): una gota, siempre en el mismo sitio, hasta erosionar el cráneo y llegar al mismísimo cerebro.

Pues así, pero con diminutas idioteces.

No hay que irse muy lejos para identificar bastantes de las micro-idioteces cotidianas. Las micro-idioteces nos rodean, nos hacen suyas. Para ejemplo, un botón. Solo hemos de repasar el transcurrir de un día cualquiera.

Y mi memoria se encuentra con aquella mañana, no hace mucho, en que unos ruidos me despertaron bastante temprano. Trompazos, una excavadora, alguien desafinando a ritmo de coplilla. Los de la obra de enfrente. Habían olvidado, seguro,que las ordenanzas prohíben el ruido molesto antes de las ocho de la mañana. Si al menos el currante cantara bien…

Esa mañana salí de casa para que Coca-Cola me paseara. Y coincidimos con la vecina que jamás saluda. Y le dije «buenos días», y ella me respondió con un gruñido seco que podía significar cualquier cosa, desde «buenos días» hasta «ojalá te caiga un piano encima».

Y luego nos cruzamos con ese señor que suele pasear a un perro intimidadoramente grande. Y volvió a ocurrir que el perrazo del señor se acercó a olisquear a Coca-Cola, que ladró ansiosa e incrédula. Es que el sujeto siempre lo lleva suelto. El tipo nos miró. Sonrió. «No te preocupes, si no hace nada…», me explicó, con un toque de vehemencia, por n-sima vez, Como si le estuviera aleccionando sobre algo obvio a un pobre incauto (yo). Parece ser que molestar no es nada.

Luego están las micro-idioteces un poco malalecheras, como cuando cojo el coche y, situado en medio de la rampa que asciende desde la cochera hasta la calle, me doy cuenta de que a ambos lados de mi portada se disponen dos vehículos. Uno, el de la hija de uno de mis vecinos. El otro, un furgón de la dichosa obra de enfrente. Ambos han sido aparcados apurando hasta el último milímetro de acera que coincide con los límites de la portada, pese que tienen bastante más hueco al otro lado. Una vez más, con reincidencia, que es el motivo por lo que califico esta micro-idiotez como alevosa. El caso es que esto hace que no tenga campo de visión en esa calle en la que vivo y que se ha convertido 24/7 en una especie de circunvalación/autovía, en la que todo conductor se pasa el límite de velocidad de 30 Km/h por el forro. Así que he de asomar peligrosamente el morro del coche, haciendo que el título de aquella canción de Quique González recorra mis conexiones mentales: Kamikazes Enamorados.

Y llego aquí a un clásico. Soy de la opinión de que no hay mejor ámbito para hacer una idiotez tras otra que el anonimato que confiere el interior de un vehículo. Ponte a los mandos de tu coche, y serás un idiota sublime (me incluyo). Sujetos hablando animadamente a través de sus móviles, que acercan a sus bocas mientras manejan el volante con un dedo. Especímenes que se encomiendan a un piloto automático inexistente, o quizás a San Cristóbal, mientras circulan sin mirar al frente, a la vez que manejan con avidez sus smartphones. Criaturas que se afanan en demostrar al mundo que la tienen más grande que nadie (la potencia de sus subwoofers), lo que manifiestan bajando las ventanillas y poniendo a toda mecha su ‘chin-chin-pum’, dejando tras de sí un rastro interminable de tímpanos taladrados y cuestiones metafísicas.

Lo anterior me lleva a recordar el episodio de aquella señora tan peripuesta que iba a los mandos de su flamante Alfa-Romeo y que, al ver que yo me disponía a cruzar un paso de cebra próximo a mi hogar, aceleró para pasar ella antes. Inconsciente de mí (que no atravesaba un buen día), a pesar de la maniobra de la señora comencé a cruzar la calzada por el paso de cebra con no poca temeridad. Ella se vio obligada a frenar de golpe. Yo seguí mi camino; pero ella bajo la ventanilla y me reprendió por ser un imprudente, ya que me había atrevido a salir de mi propia casa (unos metros más allá) y cruzar la calzada «con ropa oscura y sin prendas reflectantes (¿?)». Aunque fuera por el paso de cebra de una calle perfectamente iluminada, en pleno casco urbano…

En fin.

Sonreí con amabilidad (lo que la descolocó ligeramente) y me di la vuelta sin contestar nada. La única réplica corrió a cargo de Coca-Cola, con un único y sonoro ladrido, y con su trotecillo con la cola levantada, dando el culete a la indignada conductora.

Podría seguir extendiendo este post, hasta el infinito (y más allá), porque unas micro-idioteces llevan a otras. Creo que las iré añadiendo poco a poco, a modo de anexo, o las iré enumerando en mi cuenta de Threads, y así la utilizo para algo. Te animo, querido amigo o amiga, a que participes del recuento de micro-idioteces, que el soltarlas es buena terapia, o al menos induce a experimentar cierto regocijo.

Eso sí. Mientras termino de escribir estas líneas, pienso que, sin pretenderlo, yo también habré cometido hoy alguna micro-idiotez. Habré hablado más alto de la cuenta en algún sitio. Habré tardado más de lo razonable en pagar en una tienda. Habré, vete a saber, mirado mal a alguien por una tontería.

Espero, sinceramente, que, si la he cometido, haya sido sin enterarme. Porque ya lo decía al principio: la frontera está justo ahí. Hay un instante, una décima de segundo, en que uno sabe lo que está haciendo y decide hacerlo de todos modos. En ese instante, la micro-idiotez deja de ser una pequeña torpeza compartida con el resto de la humanidad y se convierte en otra cosa.

En una microscópica miseria.

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