Pequeño homenaje al "chato" valdepeñero.

“En las tabernas, vaso bajo y ancho de vino o de otra bebida.”
(Séptima acepción en el diccionario de la R.A.E.)

Septiembre sigue avanzando, y en mi Valdepeñas del alma, una vez pasadas las Fiestas Patronales, esto implica un tiempo muy especial, en el que las temperaturas se moderan, la noche extiende su manto cada vez con mayor prontitud, el aire se impregna de olor a mosto, y la tranquilidad del atardecer en muchas calles sólo es interrumpida por el traqueteo fatigoso de algún tractor cargado del fruto más preciado de nuestra tierra, que acabará en un bocoy a fin de experimentar esa mágica metamorfosis en elixir de vida.

Es tiempo de balances y preparación de nuevos retos, de trazar planes pero también de recogimiento y reflexión. Este aroma a mosto lo invade todo con un halo moderadamente melancólico; ya me lo advirtió hace unos días uno de mis hermanos cuando me confesó que al ver descargar la uva de los remolques en la bodega donde trabaja se le venía a la memoria el recuerdo de nuestro padre haciendo las mismas tareas propias de la vendimia, hace muchísimos años, en su bodega y la de sus hermanos y tíos míos (también desaparecidos), cuando, al menos para nosotros que éramos críos, esos tiempos sí que eran mejores.

A nuestro padre le gustaba el vino, como buen valdepeñero. El vino de entonces, claro. La elaboración del vino en Valdepeñas ha evolucionado mucho para bien; pero entonces, hace treinta o treinta y cinco años, también se hacía buen vino en esta tierra. Como hace varios siglos. Y ese vino, sin duda técnicamente peor que el actual, tenía aun así su encanto y sus seguidores. Porque entonces quizá lo más importante no eran los estándares de calidad, que también (a ningún bodeguero le gusta hacer mal vino, es una especie de hijo que se cría y puede salir mejor o peor; pero en cualquier caso es su hijo); sino que lo fundamental consistía en que el vino era la excusa para compartir un buen rato con los amigos.

Digo lo anterior porque yo a mi padre casi nunca le escuché pedir tal tipo de vino, de tal añada, crianza o reserva, merlot, verdejo o syrah, etc, etc. Él pedía un blanco o un tinto (más bien un tinto, y si era posible de nuestra bodega pues mejor, para qué decir otra cosa: “Pedrín” o “Viña La Ponderosa”). O sea que no era muy exigente. Eso sí, siempre con alguien con quien conversar.
Insisto en que no estoy haciendo ninguna crítica al exigente consumidor de vino de ahora, todo lo contrario, eso indica inmersión en una cultura que busca la calidad y la excelencia en el producto. Simplemente digo que eran otros tiempos.

Bien, pues en ese tiempo mi padre y la gente de su generación (él tendría hoy la friolera de 86 años, camino de 87) se juntaban a tomar el vino de la época. Pero no pedían “un vino”, ni “una copa”. Pedían un “chato”, de blanco o de tinto, quizá aderezado con gaseosa o con un chorreón de sifón. Y siempre en buena compañía, que no había cosa más triste que tomarse un “chato” solo.

El “chato”. Esa expresión poco a poco enterrada en el olvido pero que hasta no hace tanto fue la palabra más empleada en los corrillos de amigos en Valdepeñas.

Este post quiere ser un homenaje al “chato” como símbolo de nuestra ciudad y de varias, muchas, generaciones. Como la de nuestro padre, al cual cada vez echamos más de menos y que descubro ahora en su sabiduría de persona sencilla y vital, enamorada de su pueblo y de sus amigos, gente de paz que casi siempre encontraba la reconciliación en relación a algún ocasional desencuentro al arbitrio de unos “chatos”, que la vida es corta y no es cosa de gastarla en necedades fruto casi siempre de la vanidad.

El primer contacto de mi paladar con un “chato” de vino debió de ser a mis 16 o 17 años (1987, 1988…) en la “Taberna Casa El Cojo”, pegada a la Plaza de España, donde actualmente está el Restaurante “Venta del Comendador de la Villa de Valdepeñas”. Entonces el precioso local (con patio manchego) lo regentaba el auténtico “Cojo”, Alfonso, una persona con fuerte carácter pero con la bondad que caracteriza a los valdepeñeros de pura cepa. En aquella época uno se podía tomar allí un chato por 15 pesetas, acompañado de unas patatas cocidas que abrasaban el cielo de la boca sin compasión. Y eso a algunos chavales con mermadas economías nos parecía milagroso. Pero había algo más milagroso aún. Uno podía beberse en “El Cojo” 10 chatos y salir más sobrio de lo que había entrado. Aunque yo creo que es público y notorio a qué se debía este prodigio, contaré una anécdota a modo de posible explicación. Mi padre le servía vino (“Pedrín”) a D. Alfonso; y éste alguna vez lo invitó a pasar a la cocina. Allí mi padre asistía a la ceremonia del “bautizo”: el bueno de Alfonso rellenaba con nuestro vino las frascas de cristal con las que luego servía los “chatos” a los clientes, y siempre dejaba un espacio de un par de dedos de grosor que completaba con un poquito de agua del grifo. En fin, yo creo que todo el mundo ya entonces lo sabía; pero qué se podía pedir por 15 pesetas y con el aliciente, además, de salir de la taberna más fresco que una rosa.


Una vez iniciado en el arte de irme de “chatos”, fueron innumerables los locales en los cuales mis amigos y yo nos tomamos unos cuantos a la salud de un futuro incierto y esperanzador, de nuestros sueños de juventud y de nuestras “dulcineas” de entonces que, en la mayoría de los casos, no pasaron de ser más que espejismos reflejados en la superficie de nuestros pequeños vasos de cristal. Precisaré que yo era usuario del “tinto-gas”, es decir, del vino tinto con un poquito de gaseosa y, aunque hoy en día mezclar ambas bebidas se considera como algo de mal gusto e incluso como un sacrilegio, a mí me sabía a gloria.

Poco después, en mis años de Universidad e inmediatamente posteriores (1990 a 1994, más o menos) hubo tres locales donde mi vida se volvió a cruzar con nuestro querido y autóctono “chato” de vino.

Uno fue el casi mítico “Empotros”, frente a la “glorieta” del Convento. Hablo del “Empotros” de los años de su máximo esplendor, o mejor dicho, de los veranos de su mayor apogeo. Cuando, sobre todo los fines de semana estivales, todo el mundo tenía una primera parada obligada allí, para degustar unos “chatos” fresquitos en la calle, formando una multitud a modo de tapón, a veces infranqueable, que con frecuencia desesperaba a los impacientes automovilistas. El ritual era el que era, casi como una ceremonia litúrgica: acercarnos a la ventanilla del bar, lograr captar la atención del tristemente desaparecido Manolo (negro destino le esperaba a este hombre serio y emprendedor que, a pesar de que algunos se quejaban de su mal humor, a mí siempre me trató exquisitamente), y pedirle el “material”: una botella de vino (tinto o blanco, creo que en mi pandilla se solía imponer el blanco por votación popular), otra de gaseosa, unos seis, siete u ocho vasos de “chato”, y un plato con alguna “tapa” que fuera lo más generosa posible (y que se solía reducir a calamares o salchichejas). Solíamos pedir más vasos de los que necesitábamos, con la esperanza de que Manolo creyera que éramos más y pusiera una tapa más abundante, aunque yo creo que cuando nosotros “íbamos de ida”, él “ya venía de vuelta”, y no colaba. La cosa no acababa ahí. Nos sentábamos en alguna escalinata de acceso a la “glorieta” del Convento o en alguno de sus bancos, y alguien hacía los honores: fabricar los “chatos” mezclando vino y gaseosa en la justa proporción. Y luego…. a hablar de la vida mientras se degustaban los “chatos”, que de eso se trataba. Por cierto, que he de confesar no sin pudor que en las citadas escaleras de acceso a la “glorieta” del Convento conocí, en Agosto de 1994, a mi esposa (gracias a que un amigo con el que yo había quedado llegó tarde, y para hacer hora me arrimé a un conocido común que estaba con ella y sus amigas), “chato” en mano.

El segundo local fue, en cambio, más de Invierno. Se trataba de “La Posada” (actual “Taberna del Escudero Sancho Panza”), también en la zona del Convento. El ritual a seguir era bastante parecido al descrito anteriormente, salvo que las escaleras de la “glorieta” del Convento eran sustituidas por una mesa baja con forma de tonel y unos taburetes de tres patas. Como anécdota contaré que en una ocasión nos juntamos en este bar tres de los amigos de la pandilla (los tres llamados Miguel) a la hora de máxima ebullición de clientes. Pedimos una botella de blanco para cada uno (para qué andarnos con chiquitas), un par de gaseosas y tres vasos de chato. Seguidamente nos sentamos en nuestro “tonelillo” y nos dedicamos al acto placentero de mezclar y tomar nuestros (numerosos) “chatos” de “blanco-gas”, mientras hablábamos de lo divino y lo humano, o más bien, de lo divinas que estaban algunas humanas. Bueno, también de fútbol, y no sé si de algo más (lo cierto es que tampoco me he parado a pensar si tres maromos con veintipocos años pueden mantener una conversación coherente sobre algo distinto a mujeres y fútbol durante una tarde-noche de sábado). Cuando alzamos de nuevo nuestras cabezas, una vez apuradas las botellas, comprobamos con estupefacción que el bar estaba desierto y que tan sólo teníamos a uno de los camareros barriendo el suelo a nuestro lado, como en las películas, paciente aunque mirándonos de reojo. Que el tiempo es relativo, dicen… Me ahorraré más detalles de esa noche salvo que pude dar fe de que ese vino (que era el auténtico vino embotellado en la bodega de D. Bautista García León, una persona entrañable muy amiga de mi familia y que tenía un corazón que no le cabía en el pecho) no era como el de las frascas del “Cojo” y si afectaba a mis habilidades psíquicas, verbales y motrices… Total, que lo uno llevó a lo otro y acabé a las seis de la mañana rezando un Padre Nuestro frente a la puerta de la Fundación Gregorio Prieto en la calle del Pintor Mendoza, en memoria del genial Gregorio (que Dios tenga en su gloria), escoltado por Marcial y Rafa, dos amigos de mi hermana que, o bien me vieron muy mal y aprovecharon para tomarme el pelo, o es que ellos iban aún peor que yo. Qué tiempos.

He dejado a propósito un último local en este particular y pequeño homenaje al “chato”. Porque para mí es y será el mejor. Se trata del bar “Los Alpes”, en la calle Real, poco más allá del cruce con la calle Bonillas. Qué decir de “Los Alpes”. Es un bar minúsculo, quizá no es precisamente el más bonito del mundo, y carece de una exquisita y variada vinoteca. Pero son “Los Alpes”. Y punto. Su dueño, el bueno de Pedro, es una persona humilde, trabajadora, amable, bondadosa… Y un extraordinario cocinero. He de reconocer que sufrí una larga y oscura etapa personal (“exilio” de doce años en Toledo y luego varios años, demasiados, encerrado devorado por el trabajo y la angustia vital, que eso existe y es muuuuy malo y se conoce como “depresión”) que me hizo abandonar mis visitas a la casa de Pedro. Pero, aunque no con la asiduidad que me gustaría, he vuelto poco a poco al redil. Qué decir, que todo me parece poco. Pese a mis prolongadas ausencias, Pedro siempre ha tenido una sonrisa y una mirada como de verme entrar a su casa “a diario”, como si esas prolongadas ausencias se hubieran diluido en un puñado de nano-segundos. No me cabe duda de que ese trato es el culpable de que cada vez que cruzo el umbral de la puerta de ” Los Alpes” me vuelva a sentir como en casa. Un buen valdepeñero sabe de lo que hablo, y sabe de los exquisitos manjares con que Pedro obsequia a quien entra en sus dominios. Basculantes (o volquetes) de alubias, su mítico ciervo a la plancha, sus morcillejas, el tiznao… Como yo no soy en absoluto objetivo, por algo que contaré ahora, os incluyo una opinión del bar tomada al azar en la web de Trip Advisor:

“Tengo la fortuna de visitar Valdepeñas con frecuencia, por lo que conozco bien los establecimientos de la localidad. El Bar los Alpes, es un tesoro que los valdepeñeros guardan para ellos, a 5 minutos de la plaza y muy cerca del hotel Veracruz Plaza. En Valdepeñas las tapas no se pagan, van incluidas, y las de este bar son impresionantes. Se suele comenzar con un basculante que se trata de unas memorables judías con chorizo servidas en un curioso platillo del que se come directamente, se continua con las mejores orejas en salsa del hemisferio norte, la carne de ciervo adobada es la repera, las morcillejas (una delicia local) de impresión, los callos para morirte, resucitar y pedir otra ración y si pides que te hagan unas gachas… pedirás asilo político en el bar. En resumen uno de esos bares pequeñitos de toda la vida que te sorprende que todavía no sea declarado patrimonio de la humanidad  […]”

Varias cosas me quedan por decir de “Los Alpes” y de mi admirado Pedro.

Una es una anécdota que demuestra su gran corazón. Hace muchos, muchos años (digamos treinta, por decir algo), mi hermano pequeño tuvo un accidente con una bicicleta. Salió volando por los aires y aterrizó con la cara en el duro y áspero suelo de una calle peatonal (calle Escuelas). Hubo alguien que no lo dudó, tomó a ese niño conmocionado y ensangrentado, y en su pequeño coche se lo llevó corriendo al Hospital. Era Pedro.

Dos. En “Los Alpes”, un monótono y frío sábado de invierno de finales de 1993 batí mi marca personal de ingesta de “chatos” en una misma tarde, junto a mi gran amigo Miguel (uno de los migueles anteriormente citados). No recuerdo la cantidad exacta, creo que 22 o 23, lo mismo da. No pude celebrarlo con excesivo entusiasmo porque a partir del duodécimo envite (más o menos) se me trababa la lengua un poco… El bueno de Pedro nos invitó a otro par de rondas, yo creo que con un poco de retranca ante lo absurdo de nuestro reto.

Tres, Pedro es un atlético de alma y convicción. Con eso ya me ganó desde hace mucho tiempo.

Y cuatro. Y es lo principal, dado el tema de este ladrillo que os estoy soltando. Él sigue sirviendo “chatos”, esos pequeños vasitos en los que echa un vino fresquito y, a demanda, un poquito de gas o sifón. Y qué queréis que os diga, perdonadme los sibaritas del buen vino; pero a mí ese brebaje me sabe a gloria bendita, más aún acompañado con las viandas que ofrece. Hace unas semanas estuve allí, alguien propuso tomar unos “chatos” de “tinto-gas” y otra persona respondió que quería vino “en condiciones”, que no quería “morir envenenado”. Bueno, respeto totalmente su opinión, me consta que sus papilas gustativas están millones de veces más educadas que las mías pero, seré sincero, no encuentro modo mejor de morir que con ese celestial veneno. Qué pena que quede un par de años para que Pedro se jubile, y con él se cierre uno de los últimos vestigios de la grandeza del “chato” en Valdepeñas.

Como “cloenda” (que diría Herrera) tan sólo me queda confesar que seguiría contando mil batallitas del abuelo “cebolleta” que se desarrollan en torno a unos buenos “chatos” de vino. Pero sólo contaré una última historia porque es especialmente emocionante para mí.

Quien de vosotros sea valdepeñero y haya conocido a mi padre (lo cual no es tan difícil siendo valdepeñero, porque no tenía problemas en saludar a nadie) sabrá que él, Ricardo (no diré “don” Ricardo porque él mismo se ocupó de borrar el “don” del timbre de casa, que ese tratamiento le parecía muy estirado para alguien que amaba a su pueblo y a sus vecinos), desde bien jovencito tuvo un amigo del alma, un hermano del corazón llamado Agustín Castellanos, propietario en la calle Torrecillas de la tienda de ultramarinos “El Arca de Noé”. Pocas relaciones de amistad he visto tan férreas como la de ellos dos, hasta tal punto que me pregunto si alguna vez en tantos años de amistad discutieron por algo. Mi padre tenía la costumbre de, al salir del trabajo o con cualquier tipo de excusa o sin ella, pasar a ver a su compadre Agustín a la tienda. Allí se reunían en una pequeña cámara o trastienda donde siempre había unos vasos de “chato” preparados para aliñar una entretenida conversación entre amigos y disfrutar del entrañable placer de tomar un aperitivo con un poquito del mejor embutido (al final las cosas sencillas son las que merecen la pena). La trastienda, a la que llamaban cariñosamente “la sacristía” (como me recuerda Gloria, hija de Agustín), siempre estaba abierta no sólo a mi padre; sino a cualquier persona dispuesta a apreciar la buena compañía, como era el caso de Vicente Antonaya, otro de los amigos de la infancia que era también parroquiano asiduo.

Desgraciadamente nuestro recordado Agustín enfermó prematuramente y la maldita enfermedad nos lo arrebató con rapidez, en el momento en que, por mi edad, más hubiera aprendido y disfrutado de la gente grande y sencilla como él. Ese tipo de gente que para ser feliz necesita poco más que unos buenos amigos cerca.

Recuerdo la última vez que vi a Agustín con vida. Yo estaba sacando de la pequeña cochera de mis abuelos que daba pared con pared con “El Arca de Noé” mi primer coche (un extraordinario Fiat Uno 1.0 i.e. que gastaba menos que un mechero y con el que llegué a subir Sierra Nevada, a pesar de ese motorcillo de triciclo) para partir rumbo a Toledo (era mi primer o segundo año de exilio allí), cuando Agustín salió de la tienda y se asomó a saludarme. Yo ya había oído en casa que estaba muy malito, aunque en apariencia no se le notaba, y le pregunté que qué tal andaba. Él contestó que estaba un poco acatarrado, y me invitó a pasar a la “sacristía”. Y sí, allí me tomé con él, a su salud, en aquel pequeño templo de culto a la amistad, un “chato”, un “tinto-gas”, maridado con unas rodajas del mejor chorizo que jamás probé. Él, en su bondad, se interesó sobre cómo marchaban las cosas del trabajo y cómo estábamos en casa, mientras me miraba con aquellos ojos que a veces me parecían un poco cansados; pero que siempre rezumaban cariño y positividad.

Al despedirnos y salir del “Arca de Noé” tuve el desagradable presentimiento de que jamás volvería a ver a Agustín, y sentí ganas de darme media vuelta y regresar a la “sacristía” y decirle que lo quería de todo corazón por habernos querido tanto, a su vez, a mi padre y a todos nosotros. Que lo admiraba por saber disfrutar de las cosas sencillas que Dios nos da. Y que era grande, muy grande, enorme…

Es una pena que el mostrar los sentimientos más profundos a menudo requiera mucho valor y coraje. Así que no volví  sobre mis pasos y seguí, apesadumbrado, mi camino.

La corazonada fue cierta y no lo volví a ver más. Aunque hoy por hoy, pasados los años y ahora que nuestro padre se ha reunido con él; me queda la esperanza, quizá vana, de creer que ambos vuelven a compartir, en la pequeña trastienda que sin duda hay en el Cielo, unos “chatos”, y que brindan con el primer santo que pasa por allí a la salud de las amistades eternas que ni la muerte puede desquebrajar.

A vuestra salud, amigos. Pero esta vez, brindemos con un “chato” de vino de Valdepeñas.

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