Si 20 años no son nada… 25 lo son menos (historias del CEJE).


Actual Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Ciudad Real.

Hace unas semanas celebré en mi Facebook que cumplía 20 años desde que comencé a trabajar en la UCLM: doce años en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de Toledo, y ocho en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Ciudad Real.

El caso es que, al revisar las actas de la última Junta de Facultad celebrada, comprobé cómo, a su vez, en este año se cumplen 25 años (bodas de plata) del nacimiento del Centro de Estudios Jurídico-Empresariales (CEJE) de Ciudad Real, origen de la actual Facultad.

Ambas efemérides me sumieron en dos estados de ánimo contrapuestos. Por un lado me llenaron de ilusión, porque el CEJE fue el centro donde me formé; pero por otro lado pensé que ésta es una prueba más de la velocidad a la que transcurre el tiempo.

Me consta que entre mis colegas de Facebook, y entre los asiduos a mirar de vez en cuando este blog, existen amigos de toda la vida, amigos más recientes, compañeros de profesión e incluso de Facultad, ex-alumnos que han sobrevivido a sus estudios y ahora son simplemente amigos como el que más, etc, etc. Algunos de ellos conocerán, conoceréis, varias de las anécdotas que pasaré a contar; otros no… En todo caso, es un saludable ejercicio el echar de vez en cuando la mirada atrás, siempre con benevolencia; volviéndose uno a cuestionar si la vida es una caprichosa cadena de azarosas casualidades o si, por el contrario, existe una suerte de predestinación de la que no podemos escapar. Así que allá vamos.

Yo pertenecí a la primera promoción de alumnos del CEJE, y de ello tiene la culpa precisamente una simple casualidad. 
 
Antiguas instalaciones del CEJE.

Lo digo porque cuando aprobé la Selectividad en junio de 1989 yo quería comenzar a estudiar Psicología o Filosofía, aunque la coherencia que siempre me ha caracterizado me llevó a matricularme en Ciencias Químicas. Pero la casualidad (o el destino) quiso que un caluroso día de verano leyera en un diario un escueto anuncio sobre la apertura de estudios empresariales en Ciudad Real. Esa misma noche, mientras contemplaba las estrellas (cursi, pero cierto) una voz interior me preguntó qué se me iba a perder estudiando una carrera en la que había que empollar, entre otras perlas, cantidad de Física, materia que no se llevaba muy bien conmigo y que francamente no me atraía mucho, por no decir nada. Y entonces vi la luz al recordar el anuncio. Así pues, tras idas y venidas, y tras poner a prueba la paciencia de mis padres, me re-matriculé en la Licenciatura en Ciencias Empresariales, aunque luego acabara licenciado en Administración y Dirección de Empresas.

Tras este episodio, pasaron las semanas sin muchas noticias sobre el comienzo de curso, lo que acrecentó mis dudas sobre dónde me había metido, hasta que nos citaron para una mañana de finales de Octubre en el Instituto Maestre de Calatrava (entonces, “Politécnico”). Pronto se corrió la voz de que íbamos a comenzar nuestra aventura universitaria en la nave que había a su espalda. Miré el lugar con cierto escepticismo, por no decir desolación, pero ya no había vuelta atrás.

Edificio José Castillejo, antiguo CEJE.

Sí, las primeras instalaciones del CEJE consistieron en una especie de pabellón cubierto, con más de doscientas sillas “de pala” y una gran tribuna donde los profesores impartían la clase. Ya en cuarto, nos asentamos en el edificio José Castillejo, que hoy alberga la Facultad de Enfermería.

El caso es que la primera en la frente vino con la clase inaugural, impartida por D. Tomás García-Cuenca. D. Tomás pidió que levantaran la mano los que comenzaban los estudios por vocación, lo que hicieron aproximadamente dos tercios del grupo. Acto seguido pidió que levantaran la mano los que emprendían esta aventura “de rebote”. Yo me apresuré, en un arrebato de sinceridad, a alzar la mano, obviamente…


Fui el único.


No sé si D. Tomás, cinco años después, cuando pasé a trabajar en la Facultad de Toledo, me reconoció. Me imagino que no. En cualquier caso fui ese chaval que confesó que comenzaba sus estudios en empresariales por descarte…

Levantando la mano.


A partir de ahí las clases se fueron sucediendo sin novedad. He de decir, según tengo entendido, que el centro fue impulsado por el empeño personal del profesor D. Gustavo de las Heras, así que justo es decirlo. Sea como fuere, poco a poco desfilaron por el CEJE un hilo de profesores que, sin grupos reducidos, nuevas metodologías docentes, Bolonias, ni otras gaitas, nos fueron transmitiendo los conocimientos y habilidades necesarios para emprender nuestro oficio.


Algunos profesores de entonces siguen en activo, a otros les perdí la pista o se jubilaron; y otros ya han dejado de estar entre nosotros. 

De entre éstos últimos, voy a destacar a tres. Por un lado el profesor D. José Rojas, una persona jovial y dinámica que nos diseccionaba los secretos del Debe y del Haber. Por otro lado, D. Francisco Calisalvo, profesor de Matemáticas, una persona peculiar de cuyas clases teóricas me enamoré, y cuyos exámenes estrictamente prácticos odié sin reservas… Y por último, el profesor D. Alfredo Iglesias, una persona que, a pesar de sus controversias, en mis años de docente en Toledo me trató con gran afecto (siempre recordaré en los cambios de clase en el edificio de Padilla, su: “Qué hay, económetra. He leído una cosa tuya en la Revista de Estudios Regionales que me ha gustado mucho…” Así una semana, y otra, y otra…).


D. Alfredo Iglesias Suárez junto algunos compañeros de la 1ª promoción de ADE del CEJE, el día de la entrega de orlas, en 1993. Un servidor es esa cabeza que asoma a la derecha de D. Alfredo.

Entre los profesores que siguen con nosotros y que pasaron por ese embrión de Facultad, me referiré a unos cuantos, sea esto considerado una suerte de nostálgico homenaje a ellos y al resto que no nombraré por no alargar este texto en demasía.

En primer lugar el profesor D. Timoteo Martínez, que fue el primero en ponernos en contacto con un PC, para poder estimar un modelo econométrico con el farragoso software TSP, hasta que las disqueteras dejaron de responder. He de decir que él me ofreció la oportunidad de integrarme en su equipo durante mi “exilio” toledano. Es cierto que los comienzos en la Universidad son difíciles y tengo que admitir que en buena parte de esos 12 años (quizá los últimos 11 años y 9 meses) me pregunté con desazón si no me habría equivocado eligiendo ese tortuoso camino; pero a fuerza de tozudez seguí adelante. Es lo que tienen los trabajos vocacionales.

También recuerdo con cariño las clases de Teoría Económica de D. Óscar Dejuán, de quien aprendí que la historia de las corrientes del pensamiento económico, bien contada, es bastante más entretenida que cualquier culebrón al uso, y con el valor añadido de que nuestra red neurológica no se ve perjudicada en exceso, como ocurre con lo segundo. Y también le agradezco haberme mostrado hace poco cómo la mayoría de mis muchas reflexiones sobre la eficiencia productiva fueron perfectamente sistematizadas hace casi 70 años, en tres simples páginas, por un tipo llamado John Von Neumann.
 
Docencia, Quo Vadis?

Otro de mis profesores inolvidables es D. Regino Banegas, que intentó con toda la voluntad del mundo, en modo bucle, explicarnos qué era ese mantra denominado “Estado de Origen y Aplicación de Fondos”, algo así como la búsqueda del Santo Grial pero en plan laico y de andar por casa.

Me viene a la memoria D. José Víctor Guarnizo, un hombre imponente que nos introdujo en el mundo de los apalancamientos financieros a través de sus peculiares libros naranjas mecanografiados y que, años después, como director de Departamento, demostró que el viejo dicho sobre el engaño de las apariencias a veces se cumple y que, pese a ese grave rictus que acongojaba, en la corta distancia escondía una apreciable empatía a la hora de intentar hacerle las cosas un poco más fáciles a un chaval que sólo quería seguir su camino como ratón de biblioteca. Quizá porque D. José tenía la certeza de que, aunque uno parezca no ser nadie; en realidad nadie es nadie y todos somos alguien.

Por último recordaré a D. Miguel Pardo en esas entrañables clases de Sistema Monetario Europeo los viernes a las 8:30 de la mañana, cuando aún la vigilia de los jueves noche se mezclaba con los vaivenes del ECU y los mecanismos de estabilidad. Así se forjaban los profesionales del mañana, a base de auto-disciplina y resaca diferida.

He nombrado los jueves de aquellos años. Esos jueves noctámbulos eran bien frecuentados por mí, un asiduo a su disfrute que se enorgullece del dudoso mérito de no haberse perdido más de una decena de ellos en los cuatro años de estudios en el CEJE.

Como algún parroquiano recordará, la cosa solía comenzar en los garitos del Torreón del Alcázar (léase, por ejemplo, “La Perla”), y acababa con bastante frecuencia en el “Ave Turuta”, en “La Plaza del Pendón”, o incluso en ese sucedáneo de discoteca “Pachá” que hubo en Ciudad Real, junto al hipermercado Leclerc.
 
Olimpia.

Todo ello cuando la liquidez no escaseaba, porque de lo contrario teníamos que recurrir al plan B: saborear brebajes etílicos y paleolíticos en el “Olimpia”, un enclave de jubilados y dominó situado en la calle Corazón de María; o quizá paladear una selecta mezcla de vino de brik y casera en el bar de ramalazo heavy “Cripta y Villa”; lugar donde, en una ocasión, un extraño personaje con camiseta negra, pelo largo y pantalón de pitillo se me acercó y tramamos una complicada diatriba sobre el plano trascendente de nuestras vidas en un entorno social tan paradójico… hasta que el tintorro se acabó, y él se esfumó sin más.


Salvo los jueves, el resto de noches transcurrían con una cadencia y una rutina que me resultaban de lo más gratificante. Desde los ventanales de mi habitación podía contemplar un cielo estrellado que coronaba a un peculiar “skyline”, presidido por la torre de Telefónica. Yo apuraba hasta bien entrada la madrugada, estudiando y escuchando en la radio “Enciende la Noche” del inconfundible Rafa Arboleda, con la melodía de “Blade Runner” de fondo, y esa voz que sedujo a todas las estudiantes universitarias de España y que, como consecuencia, fue objeto de la envidia insana de todos los universitarios de nuestro sufrido país.


Rafa pinchaba noche tras noche canciones que, siempre por un motivo u otro, eran especiales y necesarias, como “Sittin’ on the dock of the bay”, del gran Otis Redding. A veces animaba a los radio-oyentes a apagar y encender el flexo (así, con una “x” muy remarcada) como señal de complicidad. Lo cierto es que era curioso ver cómo las ventanas iluminadas del “skyline” parpadeaban durante unos segundos, fieles a la contraseña de Arboleda. Por cierto, que así fue cómo lo uno llevó a lo otro y nuestro piso de valdepeñeros hermanó con un piso de toledanas que había casi enfrente, vía morse “flexómico”. Pero esa es otra historia.


Vista del Skyline de Ciudad Real desde el piso de la calle Lirio.

El invierno del último curso de estudios en el CEJE fue un invierno de nieblas. Recuerdo una madrugada en la que retornaba a casa, envuelto en la densa bruma, que dotaba de una extraña atmósfera lechosa a las calles desiertas y frías. En el trayecto experimenté uno de esos singulares momentos próximos al más puro misticismo teresiano que se agarran a la memoria sin saber por qué. En él comprendí que estaba viviendo una de las etapas más felices de mi vida.
 
Niebla.

Sí. Esa rutina de las mañanas de aprendizaje y apuntes, de las tardes de estudio, conversación y paseos a la tienda de donuts de la calle Calatrava buscando un cruce de miradas premeditadamente casual, de las noches con la desolación de Enrique Urquijo cantando “No me Imagino”, de las madrugadas de jueves impredecibles; esa rutina, digo, me hacía inmensamente feliz. Y casi simultáneamente me sumí en la nostalgia de admitir que esa maravillosa etapa llegaría más temprano que tarde a su fin, que todo es efímero salvo el propio recuerdo, y hasta eso.

Enrique Urquijo.

Y así fue. Unos meses después, tras una primavera lluviosa y templada, llegaron los últimos exámenes de la carrera. En mi caso mi último examen fue el de “Dirección Estratégica de la Empresa”, el 12 de Julio de 1993. Y pocos días después constataba, en una mezcla de inmensa alegría y desoladora tristeza, que todo había acabado. Por cierto, el anecdotario es así: en la Secretaría del CEJE, cuando fui a pedir el certificado que acreditara la culminación de mis estudios y a solicitar el título de Licenciado, me comentaron que yo era el primer alumno del centro que hacía tales trámites. O sea, que si como alumno fui de los primeros en llegar; también fui el primero en irse por donde había venido.

Un servidor, en la primavera de 1993, meses antes de obtener la licenciatura.

En fin. Dios sabe que me hubiera gustado alargar esta etapa un poco, sólo un poco más. Y haber podido charlar otro puñado de tardes de primavera con mi querido amigo Ramón Luna, en la terraza de nuestro piso, sobre cosas tan banales como lo complicadas y, a la vez, fascinantes que son las mujeres y, en concreto, de aquella espectacular belleza rubia a la que perdí el rastro en Cuenca. Siempre es en Cuenca donde se pierden los rastros.

Una versión algo más reducida de este texto fue leída en el acto de conmemoración del XXV Aniversario de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, celebrado el 29 de Abril de 2015.
 

2 comentarios sobre “Si 20 años no son nada… 25 lo son menos (historias del CEJE).

  1. Que recuerdos acabo de aflorar al leer este articulo, y las vueltas que da la vida, espero poder vernos pronto y recordar aquellos años en casa de \”Socorro y Loli\”Por cierto soy Fernando.Un gran abrazo

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