124.

Seat 124 como el de mi padre, y el de tantos otros padres de mi quinta.

Conforme voy repasando los recuerdos que me llevan a mi padre, me doy cuenta de lo frecuentemente que vienen ligados, a su vez, a su coche, ese fantástico Seat 124 de faros redondos, en contraste con su chasis, más bien de formas rectangulares, al uso de la época. Lo adquirió cuando yo tenía quizá unos 4 o 5 años, a mediados de los 70, y ya no se separó de él hasta casi 30 años después; a pesar de que a los 20 años de su compra, más o menos, heredó el Ibiza del abuelo Abel y el 124 pasó a disfrutar de su merecida jubilación.

No puedo evitar el esbozar una sonrisa cuando pienso en que mi padre, adelantado a su tiempo, customizó el vehículo cambiándole el motor original por un Perkins de gasoil que, en esos tiempos, según leo en algún foro especializado, era todo un portento en cuanto a prestaciones y ahorro, a pesar del ruido que hacía al funcionar, el condenado. No solo fue eso, hubo más episodios esporádicos de tuneo. Papá le instaló un dispositivo (singular entonces) para que la antena de la radio se desplegara automáticamente al accionar un interruptor situado bajo el salpicadero, junto al volante. También le acopló en la parte exterior de las ventanas delanteras unos añadidos, «orejeras», de plástico cuya función era que el aire no entrara de golpe en el habitáculo interior echando a perder peinados y el coeficiente aerodinámico del auto. Le enganchó la típica tira de caucho que colgaba en la parte trasera del coche y que, al rozar con el suelo, descargaba la electricidad estática y evitaba los mareos en los viajes largos, algo que no surtía ningún efecto en el caso de mi hermana Belén, que siempre fue en los viajes conjuntos en el asiento de adelante, de acompañante de papá, ante su facilidad para acabar un viaje con un cuerpo de jota. Y, sobre todo, le adhirió su insignia de San Cristóbal, en el salpicadero, en tono plateado, para que nos protegiera en cada travesía, que él siempre comenzaba, invariablemente, santiguándose.

Sí, él siempre fue devoto de San Cristóbal. Y no me extraña, con la cantidad de miles de kilómetros que se hizo al volante, entre los camiones y el coche, entre repartos por las cantinas de media España y las vacaciones, entre pitos y flautas.

Mi Fiat Uno. El que tanto mimó mi padre

Recuerdo que cuando yo pude comprarme mi primer coche, mi añorado Fiat Uno de color rojo (que los rayos inmisericordes del sol convirtieron en color rosa), un día papá llegó con una sonrisa de ilusión y me susurró que me había dejado en el salpicadero una cosa para que se la pusiera. Era una efigie de San Cristóbal. Yo rechacé su regalo excusándome con que esas cosas ya no se ponían en los coches, y tal y cual. No me lo volvió a ofrecer más, el pobre, y me imagino que se llevaría su disgusto, pero no me lo echó jamás en cara. Papá, qué daría yo ahora para que me volvieses a ofrecer tu San Cristóbal.

Pero volvamos a mi padre, y al 124 de color guinda. Hay tres recuerdos que me vienen a la cabeza cuando rememoro el vehículo. Uno de ellos, el de los viajes de las vacaciones. Otro, el de las clases de conducir que papá, con su inquebrantable paciencia, me impartió abordo del 124, sobre todo afrontando habilidades como la «L», la «rampa» o aparcar, en las que yo demostré ser un auténtico botarate. Y un tercero, cuando yo tenía 15 o 16 años, y el frío invernal apretaba, y papá venía a casa, algo antes de las 8 de la mañana, las farolas todavía encendidas, a recogerme para acercarme al Instituto. Me parece oírle saludar con su inolvidable «buenos días» mientras yo me acomodaba en el asiento del acompañante, y escuchaba procedente del salpicadero la sintonía, bajita, de la que entonces era Radio Sol de Valdepeñas, dando las primeras pinceladas informativas del día que, perezoso, despertaba.

El Bernardo de Balbuena.

Por cierto, he de decir que, como llegábamos tan pronto al Instituto; sus largos pasillos, en los que me adentraba con un punto de desconfianza, permanecían apenas en penumbra, con la tenue luz de las farolas entrando por los ventanales del edificio ideado por Fisac. Y recuerdo que, al llegar a la altura donde se ubicaba mi clase, siempre había alguien que había llegado antes que yo. Se trataba de una chica con cara de buena persona, rubia, que solía vestir un pantalón vaquero y una cazadora azul, y que parecía siempre estar absorta en sus pensamientos, mientras esperaba a que el resto del mundo despertase, apoyada en un radiador próximo a la puerta de su aula. Más de treinta años después puedo decir que se trataba de mi gran amiga Ana Ruiz-Poveda, la misma que en algún momento de nuestra amistad me adoptó como hermano, y yo a ella, y en ese intercambio de afecto fraternal yo sé que salí ganando. Y se trataba de la misma chica a la que su padre, don José, recogía también temprano en su casa de la calle Real para acercarla en su propio 124 color café con leche al Instituto Bernardo de Balbuena cuando las luces de la calle, como ya he dicho, apenas se habían apagado.

Papá fue muy cuidadoso con su 124 color guinda, incluso cuando le otorgó su merecido descanso. Siempre me decía que para que un coche dure hay que hacerle puntualmente sus cambios de aceite. Y así lo hacía él. Bueno, hacía eso y le daba cera y pulimento y lo protegía del mal tiempo con su preceptiva funda gris, y eso que casi siempre dormía en el interior del embotellado de la bodega. Y le hacía todas sus mediciones, y lo surtía de anticongelante y controlaba la presión de los neumáticos… No creo que jamás haya existido otro coche tan mimado por su dueño como este, que casi 30 años después de su compra parecía de estreno. Y es que a mi padre le gustaba cuidar de lo suyo, y de los suyos.

La mala suerte quiso que, con la venta de la bodega en 2.004, el pobre automóvil pasara a ser un sintecho que pernoctaba a cielo abierto. Pude comprobar cómo, en pocos años, las inclemencias del tiempo se habían ensañado con él arrancando su pintura y carcomiendo sus neumáticos, sin duda haciéndole pagar su madurez tan bien llevada y sus aires de clásico atemporal. Cuando me encontré cara a cara con lo que quedaba de él, un sentimiento de tristeza me caló hasta los huesos, porque ese coche era un poco mi padre.

Y ahora, aunque sé que esa sombra de lo que fue el 124 color guinda vuelve a estar a refugio de la cruel meteorología, he intentado no volver a verlo más. He de admitir que es como una especie de luto extraño que guardo hacia mi padre, y que no puedo evitar.

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