Coco.

Coco.

Coco se cruzó en mi vida a finales de junio de 1.999, estando yo casi en el ecuador de mi exilio toledano. Ese curso era el primero, desde que llegué a la Ciudad Imperial en octubre de 1.994, en el que no compartía piso. Mis anteriores compañeros se habían casado y habían fundado sus propios hogares, con lo que yo acabé alquilando un pequeño ático abuhardillado en la zona de la Avenida de Europa. En realidad, se trataba de un amplio adosado de tejas verdes en la parte más alta del barrio, perteneciente a una especie de pequeña urbanización en la que las viviendas formaban un rectángulo en cuyo interior había una zona común con jardín y piscina. Mi casero había dividido su adosado en 5 apartamentos, y a mí me alquiló la buhardilla.

Llegado el calor, y a pesar de que me pasaba la mayor parte del tiempo trabajando en la Facultad; comencé a notar cierta desazón. Me aburría y me sentía un poco solo en los interminables y cálidos atardeceres toledanos, ya que en esos días mi jefe debía de estar enfrascado en alguno de sus proyectos en los que no requería de mi, en otras ocasiones, imprescindible y preceptiva ayuda. Así que una luminosa tarde en la que tenía la oportunidad de abandonar el templo del conocimiento un poco antes de lo habitual, se me ocurrió ojear un ejemplar del Mercadillo de Toledo. Y una vieja idea a la que había ido dando forma a base de jirones de desidia se concretó cuando leí en la sección de mascotas que se vendía un teckel de pelo duro. Cuando marqué el teléfono de contacto no estaba muy convencido del sentido que tenía dejarme llevar por ese impulso a deshora. Cuando colgué, no tenía duda de que esa noche tendría un nuevo compañero de piso.

Coco me esperaba en Navahermosa, una población en la comarca de los Montes de Toledo y que, debido quizá a la impaciencia que se adueñó de mí una vez decidido a emprender la aventura en esa singular travesía, se me antojó muy lejana de Toledo. Cuando al fin llegué al lugar acordado, un hombre de rostro afable y ropa de faena señaló hacia el portón de un corral, y por ahí asomó aquel pequeño peludo de caminar torpe y errático.

Aproximadamente una hora después, Coco y yo surcábamos la tortuosa carretera de regreso a casa. La noche había extendido ya su manto oscuro, rasgado por amenazadores relámpagos que anunciaban tormenta. Mi pequeño amigo se acurrucó en un rincón del Fiat Uno, y llegamos sanos y salvos a casa. Una vez en la buhardilla, con unos papeles de periódico y un trapo le habilité lo mejor que pude un lugar donde dormir, al lado del sofá-cama del salón, donde decidí pernoctar junto al pequeño Coco. Esa primera noche transcurrió relativamente tranquila, cansados como estábamos los dos. Tan solo tuve que levantarme un par de veces para indicarle dónde tenía que hacer sus necesidades.

Un mes después abandonaba el apartamento abuhardillado de Toledo para pasar el mes de agosto en casa, en Valdepeñas. Para entonces el golfillo había hecho ya alguna de las suyas, aprovechando mis prolongadas ausencias diarias calentando la silla del despacho de la Facultad, en esa época de calor y pocas energías en las que los únicos que parecen tener combustible para seguir mareando la perdiz son los jefes. Esas travesuras se concretaron en unos cuantos pises por los rincones del apartamento, en destrozarme un libro guardado con imprudencia en un mueble demasiado bajo, y en devorar tanto el marco de la puerta de la cocina como uno de los brazos de madera del sofá-cama del salón. Y lo peor era que, aunque le regañaba, y por mucho que me fastidiara hacer luego de frustrado aprendiz de manitas a base de masilla, pintura y tinte para la madera; era incapaz de enfadarme con ese pequeño peludo torpe y juguetón que me alegraba los ya no tan solitarios atardeceres espectaculares de la ciudad Imperial, teñidos de tonos púrpuras y malvas. Además, mi nuevo compañero se solidarizó con mi deseo de cerrar el chiringuito por ese curso y no apurar hasta el último día de julio, mordiéndole cariñosamente la camisa a mi jefe y haciéndole un vistoso orificio de refrigeración en la pechera.

Pablo, Coco y yo, una tarde de primavera temprana, en 2010.

Cuántas veces hemos oído cualquiera de nosotros decir que el perro es el mejor amigo del hombre. Quizá sea un tópico, bueno, mejor dicho, es un tópico, algo que se dice ya como una idea preconcebida. Pero también es algo totalmente cierto, incontestable y axiomático; y solo quien convive con uno de estos peludos seres lo llega a entender.

No puedo decir que en esto yo sea muy original: a mí me pasó. Coco se convirtió en mi compañero y mi amigo. Hasta podría aventurarme a decir que, de algún modo extraño que no sé explicar, también fue mi consejero y terapeuta en aquellos años de Toledo.

El curso 1.999-2.000 trajo algunas novedades. Por un lado, el 8 de septiembre de 1.999, día de la Virgen de Consolación, vino a este mundo el primer componente de la nueva generación de nuestra familia, mi sobrino Raúl, lo que supuso una verdadera revolución en la centenaria casa de la Cuesta del Palacio.

Por otro lado, Ana, mi entonces todavía futura esposa, había invertido sus ahorros comprando un coqueto pareado en una de las localidades-dormitorio de Toledo, Cobisa, con una amplia parcela que yo, entusiasmado, no dudé en llenar de árboles y plantas de todo tipo, una vez me mudé allí a comienzos de noviembre. La idea era que, en un futuro más o menos próximo, cuando tuviéramos descendencia, fundáramos nuestra familia en esa bonita casa.

Una casa que me sirvió para poner a prueba mi paciencia en más de una ocasión, como cuando me dio por forrar el suelo de la gran parcela con malla verde anti-hierba, cansado de que las semanas transcurrieran a golpe de azada quitando grama y malas hierbas, como si fuera Sísifo, el hijo de Eolo y Anareta, castigado a empujar cuesta arriba por una empinada ladera una gran piedra que, al llegar a la cima, volvía a caer, para repetir el proceso por los siglos de los siglos. Pues así yo; pero con la azada, que cuando quitaba la grama por un extremo de la parcela, por el otro ya había vuelto a crecer hasta casi tapar a Coco, que quería contribuir a la dura tarea secando los hierbajos a base de sus orines que esparcía aquí y allá. Pues eso, que forré toda la parcela con malla verde —¿no tiene que ser negra la malla para que no pase la luz a través de ella?, le pregunté al vendedor; no, qué va, hombre, me respondió con un punto de displicencia—, y luego cubrí la malla con una grava menuda muy bonita que me dejaba un pequeño camión delante de la portada de la casa y que yo tenía que meter dentro del patio y repartir carretilla tras carretilla, palada tras palada; uno, dos, y tres volquetes, y un vecino con mucha chispa diciéndome mientras me veía sudar la gota gorda que qué bien me lo tenía que estar pasando, pero no me echaba una mano el condenado. Y cuando terminé, puse todo un complicado sistema de riego por goteo, digno del ingeniero Dupuy de Lome que diseñó el sistema de aguas potables de Valdepeñas, para que no se secara mi bosque animado en los agostos y fiestas de guardar, calibrándolo, que por este sitio sale mucha agua y se pudren las plantas, y por este otro sale muy poca y se secan los árboles.

Y entonces, un buen día de agosto, recibo una llamada de ese vecino mío tan ocurrente diciendo que algo le ha debido de pasar a mi goteo porque a ciertas horas ve un chorro de agua elevarse a unos 4 o 5 metros de altura, por encima de sus setos que dan a mi patio, y yo voy corriendo a Toledo, 160 kilómetros, para descubrir que el goteo efectivamente se ha roto en un tramo, pero eso es lo de menos, que lo de más es que la grama ha atravesado la malla verde y extiende su manto entre la grava, con el problema añadido de que ni siquiera puedo ya arrancar la hierba con la azada porque, para poder hacer eso, tendría que quitar la grava, y la malla.

Paciencia.

Y Coco mirándome con cara de póker.

En fin, a pesar de esos inconvenientes de jardinero aficionado, la casa era realmente bonita y en ella viví durante seis años con mi amigo Coco y su peculiar forma de ser.

Porque Coco era peculiar en su forma de ser, sí. Una mezcla de sus dos amigos humanos: su amigo Ricardo, mi padre; y yo mismo. De mí sacó la tozudez y ser un poco cascarrabias. Lo de cascarrabias lo demostraba especialmente con los de su especie, especialmente si eran más grandes que él, que a la mínima ya la había armado con ladridos roncos y amenazadores. Lo de la tozudez cuando quería algo, como por ejemplo jugar, que era capaz de tirarse horas protestando, estas veces con un ladrido más agudo y monótono, en reclamo de su tiempo de juego.

De papá sacó su espíritu alegre y agradecido, esa alegría inabarcable que mostraba cuando se le acariciaba un poquito en la cabeza o en su alargado lomo, o cuando se le rascaba en el pecho o en la barriga que el mostraba zalamero tumbándose patas arriba y retorciéndose como un pececillo fuera del agua; o saltando para mordisquear la correa en una explosión de júbilo cuando la cogía para ponérsela y darle un buen paseo por los campos salpicados de olivos de las proximidades de Cobisa. Como a papá, a Coco le entusiasmaba el campo.

Precisamente, no puedo evitar el recordar aquí una tarde junto a Coco al poco de comenzar a vivir en Cobisa; una tarde que, sin entender muy bien el porqué, ha quedado cosida a mi memoria con puntadas de nostalgia.

Esa tarde se podía respirar esa atmósfera especial que te susurra que se acerca la Navidad. Quedaban pocos días para regresar a Valdepeñas a pasar las Pascuas, tan solo me quedaba comprar unos mazapanes de Santo Tomé a precio de oro y escuchar la bendición de mi jefe para cerrar el chiringuito, cuando sentí un súbito acceso de melancolía. Así que me acerqué a Toledo, no a por el mazapán, sino a comprar un pequeño nacimiento con el que llenar de espíritu navideño la aún escasamente amueblada casa. Luego puse un viejo CD con unos villancicos, y decidí celebrar una improvisada cena de Navidad en el recién estrenado hogar con dos comensales: Coco y yo mismo. Pronto descubrí que la mejor forma de celebrar una fiesta navideña con un invitado tan distinguido era jugar un intensivo partido de fútbol en la cochera, sin ningún tipo de concesiones. Por supuesto, la pelota amarilla de goma de Coco fue el balón reglamentario. Y ahí pasamos un buen rato, a base de mis risas y sus ladridos, de carrera en carrera, Noche de Paz de música de fondo, y el Niño, María, José, la mula y el buey haciendo las veces de privilegiados espectadores del evento.

Las tardes en Cobisa transcurrían rápidas compaginando mi frenética nueva actividad de jardinero con los intentos de avanzar en mi tesis doctoral, cosa que no era fácil. Y siempre con Coco siguiéndome de un lado a otro, supervisando mis aciertos y desaciertos en ambas facetas, regalándome de vez en cuando un ladrido de entusiasmo con el que reclamaba un rato de juego con su pelota amarilla de goma, o el correspondiente paseo por las calles de las urbanizaciones vecinas, lo que solía acabar en un caótico coro de ladridos procedentes de todos los rincones del pueblo.

Así pude sobrellevar la ansiedad que me provocaban mis pocas expectativas en la Facultad, o la prematura muerte de Enrique Urquijo, alma de Los Secretos, en noviembre de 1.999. Por las noches, después de cenar, me sentaba en uno de los sillones orejeros del salón, arropado con las faldas de la mesa camilla, y dejaba que Coco se acurrucara en mi regazo, echándose cabezada tras cabezada mientras yo repasaba algunas cosas del trabajo con el sonido de fondo de la televisión, que en aquellos tiempos emitía series como Periodistas o Los Serrano.

Y también en esa casa, y con mi compadre Coco, fui testigo de los grandes acontecimientos que estremecieron las almas de todos nosotros en esos años. Por un lado, el ataque a las torres gemelas del Word Trade Center de Nueva York, un 11 de septiembre de 2.001, martes, cuyo desmoronamiento presencié perplejo y asustado frente a la televisión del salón, mientras mi peludo amigo olía mi miedo, me miraba a los ojos y se esforzaba en poner su cabeza bajo mi mano, en gesto solidario. Y, por otro lado, ese otro terrible día 11, el de marzo de 2.004, esta vez jueves, en el que todos amanecimos estremecidos porque de nuevo la barbarie se había llevado por delante la vida de casi 200 personas, esta vez en Madrid, en nuestra España. Y la desolación dio paso a las lágrimas, y las lágrimas a que Coco, de nuevo solidario, me mirase casi enternecido y se acurrucase sobre mis pies en silencio, en duelo improvisado.

Aparte de estos y algunos otros momentos singulares más, la rutina se instaló en nuestras vidas, tan solo interrumpida los viernes, cuando Coco y yo regresábamos a Valdepeñas a pasar el fin de semana; para estar de vuelta el lunes, de nuevo, a primera hora. Recuerdo, por cierto, cómo en aquellos lunes, mientras yo guardaba el equipaje y acomodaba a Coco en el coche, solía encontrarme a mi tía Nieves aparcando su Seat 600 amarillo enfrente de casa, en la Cuesta del Palacio, para hacer la compra en el mercado antes de que comenzara el trasiego de gente. Y unos instantes después, ambos, Coco y yo, surcábamos por n-sima vez media Mancha, salpicada de vides y olivos, para llegar con suficiente antelación a la ciudad Imperial para comenzar otra semana más en esa intimidad trabada entre los dos. La intimidad de dos amigos singulares: un perrete testarudo y noble, y un despistado ratoncillo de biblioteca.

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