El cerro de las Aguzaderas.

Valdepeñas, desde el cerro de San Blas. El cerro de las Aguzaderas, con el Ángel, se aprecia arriba a la derecha.

Regreso de llevar a Pablo al cole. Al entrar en casa me sumerjo en un ambiente de quietud total, el silencio denso me abraza y se deja caer encima, noto su peso que me obliga a sentarme en una silla de la cocina. Por la ventana veo extenderse una planicie de siembras apenas quebrando la superficie rojiza de la tierra de labranza, y de vides aún dormidas. No soy capaz de distinguir una nube en el cielo azul, casi turquesa. Entonces me doy cuenta de que estoy, en vano, esperándole.

Cuando la nostalgia llama a la puerta, dicen que lo mejor es ponerse en marcha, hacer algo antes de que la puñetera se vista de tristeza. Pero hoy no puedo sentarme en el sillón, encender el ordenador y enfrascarme en el trabajo como un autómata, para eso ya se ha hecho tarde. Así que busco el pequeño bolso en el que guardo la Nikon y un par de objetivos, me pongo unas zapatillas cómodas, las gafas de sol, y me precipito a la calle.

Definitivamente es una mañana tibia de enero, y eso me lleva a él, a su recuerdo y a su memoria. Necesito escapar de esta inútil espera.

Elijo azarosamente andar por la carretera que lleva hasta casi los pies del cerro de las Aguzaderas, que se alza, perezoso, en la parte Norte de Valdepeñas. Luego me desvío por una pequeña senda de tierra blanda que discurre entre olivos, sorprendiéndome de que este sol que ahuyenta el frío con levedad, sin dar verdadero calor, sea suficiente para que la Naturaleza abra un ojo, adormecida, y algunos insectos revoloteen aturdidos por los laterales del camino con un fugaz zumbido. Inicio el ascenso al cerro.

Solo cuando llego al último tramo, cuando el sendero ya ha desaparecido, he de ayudarme de las manos para culminar la subida. Noto que, ahora sí, unas gotas de sudor hacen acto de presencia en mi frente y nuca, y me desabrocho el anorak.

Alcanzo la cima con la respiración entrecortada. Instintivamente alzo la mirada y encuentro esa estructura de hierros retorcidos de dolor mudo, presidida por una gigantesca espada oxidada y franqueada por dos enormes alas que se sujetan en sendas moles grisáceas de piedra. Es el Ángel. El fantasmagórico monumento me sume en una extraña mezcolanza de sensaciones. Por un lado, desasosiego y decepción; por otro lado, cierto orgullo. No por lo que representa el Ángel que, en todo caso, ahora, es decadencia; sino porque, a pesar de todo, sigue siendo el faro que guía a los viajeros en su camino hacia Valdepeñas.

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El Ángel, en 2010.

Cuando aparto la vista del Ángel y superviso el entorno, siento una punzada de inútil irritación. Grotescas antenas de comunicaciones rodean las ruinas del monumento. En el suelo yace un caos de porquería y escombro. Latas de cerveza estrujadas, colillas de tabaco, preservativos. Cuesta aguantar la mirada.

Giro 180 grados y encaro las vistas que desde este paraje desamparado se disfrutan. Es una liberación, después de haber presenciado el desolador panorama que queda a mi espalda. Es la recompensa en esta mañana de sol templado. Es Valdepeñas.

La ciudad, observada desde la perspectiva amplia que proporciona el cerro de las Aguzaderas, se muestra extensa, de Este a Oeste, rodeada de un mar de vides, islas de olivares, planicies de siembra, sierras en la lejanía. En el centro de la población, dos edificios antagónicos destacan sobre el resto. Por una parte, nuestra orgullosa representante de una casi milenaria historia: la torre de la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, alta, fornida, señorial. Por otra parte, a la izquierda de la torre, el rascacielos de la Veracruz, con sus diez plantas y piso bajo, empeñándose en rivalizar con la Asunción, desafiante, haciéndonos comprender que los atropellos urbanísticos siempre han golpeado a nuestra ciudad; advirtiéndonos de que a veces el progreso trae cicatrices que afean la armonía acumulada en cientos de años de historia de un modo casi grosero. Al sur, a las afueras del extremo opuesto de Valdepeñas, el cerro gemelo, el otro guardián que vigila día y noche, año tras año, siglo tras siglo, los accesos a la población: el cerro de San Blas, con sus molinos medio restaurados, medio derruidos.

Hago varias instantáneas con la Nikon, el sol ya ladeado hacia el Oeste. Disfruto de la calma. Valdepeñas, desde esa lejanía relativa en la que me hallo, se me antoja un anciano centenario sentado en un banco de la plaza de España, con los ojos entornados, aprovechando el placebo de los rayos de sol que no calientan en exceso. No puedo evitar trazar un paralelismo con otra ciudad en la que tuve la fortuna de vivir durante unos meses, hace ya años: la Serenísima. Venecia sumergida en la paz y horizontalidad de la laguna. Valdepeñas, inmersa en la llanura del mar de viñedos. Ambas parecen haber estado así, como se las contempla, bien desde el puente por el que discurre el ferrocarril que comunica Mestre con la ciudad de los canales; o bien desde el cerro de las Aguzaderas, como ahora. Desde que el Mundo es Mundo.

Tras hacer unas fotos más, inicio el descenso por la ladera del cerro rumbo a casa. Compruebo que esa especie de opresión que se me agarra a la boca del estómago permanece. Sigo pensando en su ausencia.

(La primera versión de este texto fue escrita en enero de, quizá, 2016)

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