El Convento de los PP Trinitarios.

Glorieta del Convento, a principios del siglo XX.

El 22 de noviembre de 1.568, había nacido en Valdepeñas uno de sus más ilustres hijos: Bernardo de Balbuena. Y casi veinte años después, en 1.594, se levantaba en la entonces ermita de San Nicasio el convento de los Padres Trinitarios, fundado por Juan Bautista de la Concepción, reformador de la orden trinitaria. Este primer emplazamiento sería sustituido dos años después debido a su cercanía al arroyo de la Veguilla, lo que lo hacía muy insalubre, por la actual ubicación, donde se levantaba la ermita de San Sebastián [1], y cuya iglesia se concibió siguiendo el modelo jesuita de estilo barroco.

Y aquí estoy ahora, frente a la Iglesia del convento de los Trinitarios, construida entre 1.615 y 1.632, en el silencio de un mediodía de sol frío, en la glorieta que comparte con el otro complejo anexo, el bonito convento de las madres Agustinas. Esta plaza de suelo empedrado que seguramente es el núcleo de este barrio situado al sur del canal de la Veguilla, un barrio que he visitado cientos de veces en mis idas y venidas al colegio de los trinitarios durante mi niñez, desde mi casa, calle Virgen arriba, calle Virgen abajo. Percibo el murmullo de los niños en el colegio, que proviene del edificio de ladrillo a la derecha de la Iglesia y, a fuerza de nostalgia súbita e irreprimible, me parece escuchar a mis maestros dando clase, como cuando yo mismo era alumno, en las aulas que daban al patio de recreo custodiado por los bucólicos sauces llorones.

 

Glorieta e Iglesia de los PP Trinitarios. Diciembre de 2018.

Mis queridos maestros. El Padre Andrés Ferreras enseñándonos Ciencias de la Naturaleza, el Padre Aurelio Gil empeñado en que aprendiéramos inglés, don Adolfo Escudero desentrañando los secretos de las ecuaciones de primer grado con esa elegancia que le caracterizaba, don Juan Ramón Peñasco moderando en Ciencias Sociales esos intensos debates que manteníamos cuando indagábamos en los recovecos de la Historia. El padre Vicente Benito de Burgos escribiendo en el encerado el laberinto de pentagramas, claves de sol y semicorcheas; el entonces jovencísimo padre Miguel Ángel Castillo con su prodigiosa mano para el dibujo y la pintura. El bueno de don Antonio Condés, mi primer maestro en el colegio; el grandísimo don José Manuel Torija, para el que, a pesar de marchar de nuestro colegio poco después de ser sus pupilos de nueve años, siempre fuimos sus chavales, merecedores de unas cariñosas palabras en cuanto nos cruzábamos con él; el padre Benedicto Rejado, que nos hablaba de la quimera de una Unión Iberoamericana cuando todos mirábamos hacia la vieja Europa…

Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado, enero de 2.015

Y el padre Vicente Ruiz, mi recordado padre Vicente, con su camisa de manga corta y su chaqueta azul echada sobre los hombros fuera la época del año que fuera, en las mañanas luminosas, cuando traía a clase su radio-cassette y sus cintas de audio en las que una solemne voz nos recitaba el Cantar del Mío Cid, y sus viejos libros hechos ya a la horma de sus manos, enseñándonos, como él solo sabía, a amar la Literatura, los libros, el Lazarillo de Tormes, La Celestina. El dulce Platero trotón, burrillo mío, que llevaste mi alma tantas veces —¡sólo mi alma! —por aquellos hondos caminos de nopales, de malvas y de madreselvas.

Y antes de asomarme a su interior, veo una vez más la iglesia de los Trinitarios, con sus bancos de madera, su retablo con San Juan Bautista de la Concepción y, en la parte superior, Padre, Hijo y Espíritu Santo; y, en la preciosa capilla de la derecha, singular por sus pinturas murales barrocas; Él, Jesús Nazareno Rescatado, con su túnica morada, mirándonos con piedad infinita.

Y surca en mi recuerdo aquella extraña tarde del miércoles 18 de mayo de 1.981, una tarde soleada en la que los niños pasamos, antes de salir de clase, a esa misma iglesia a realizar alguna pequeña celebración, y, en un momento, pasadas ya las cinco, percibí cómo durante unos segundos, quizá cuatro, la claridad que entraba por los ventanales situados a ambos lados de la cúpula principal daba paso a una sombra fugaz e inquietante. Y ahí quedó la cosa hasta que, al llegar a casa, mi madre me decía asustada, que unos instantes antes un tal Ali Agca había intentado acabar, de cuatro disparos, con la vida de Juan Pablo II.

 

NOTAS:

[1] Entre 1.491 y 1.509 había en Valdepeñas siete Cofradías: Santa María de Gracia, Santa María de Agosto, San Bartolomé, San Juan, Santiago, San Sebastián y San Nicasio. Las cuatro primeras se congregaban en la parroquia de La Asunción, entonces llamada «Iglesia Mayor de Santa María». Las tres últimas en sus respectivas ermitas, una de ellas precisamente la de San Sebastián.

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