Hoy la vi.

Hoy la vi.
La nostalgia y la tristeza suelen coincidir.
Se rompieron mis esquemas, después comprendí
que si ahora estoy así es por que hoy la vi.
Y aunque no lo siento luego no pude dormir,
y las puertas del recuerdo cedieron al fin,
y aquel miedo que sentía hoy vuelvo a sentir.
Hoy la vi.
Han llovido quince años que sobreviví.
Yo creía que sabía y nunca aprendí
que si ahora estoy así es porque hoy la vi.

Hoy la vi. E. Urquijo.

Salí de la centenaria casa de mis padres sumido en mis pensamientos. El frío seco de las noches de diciembre se hacía notar. Entonces la vi.

Casi frente a la puerta, hablando con gente. Estaba de espaldas; pero supe que era ella. Dudé en acercarme a saludarla; pero temí que sus ojos brillaran.

Como entonces…

Yo estaba en el último año de carrera. Ella siempre me había gustado; era muy guapa, con estilo. Reía mucho y me hacía sentir bien. Pero nunca me había planteado intentar conocerla más. No sé, simplemente había pensado que estaba fuera de mi alcance. Luego, los estudios nos llevaron uno a Boston y otro a California, y  su recuerdo quedó relegado a algún lugar de mi memoria.

Pero aquella noche, su voz se abrió paso entre el tumulto del garito y la rescató del olvido.

«¿Me acercas esa chaqueta?»

Señalaba un perchero que yo tenía al lado. Sonreía, esa sonrisa que, como digo, siempre me había reconfortado. Escuché mi propia voz bromear:

«Vaya, hablamos cada tres o cuatro años. Algo es algo.»

Charlamos como si no hubiera pasado un solo día desde la última vez que habíamos intercambiado unas palabras. Sus ojos guardaban una luz difícil de ignorar. De hecho, me deslumbraron hasta el punto de que, aquella noche, apenas pude dormir.

Unas semanas después, ya en Navidad, seguramente envalentonado por alguna copa de más, la besé. Las confidencias de las noches especiales se prolongaron hasta bien avanzada la madrugada. Me sentí como John Cusack cuando conoce a Kate Beckinsale en Serendipity. Con los primeros rayos de sol la acompañé hasta su calle. En el trayecto, hubo un momento en el que ella me cogió la mano. Ese gesto, quizá tan banal, provocó en mí un extraño cóctel de serotonina, oxitocina, dopamina, endorfinas, y toda suerte de hormonas felices. Caí enamorado hasta el mismísimo tuétano de los huesos.

En los siguientes meses nos besamos un par de veces más. Pero ya no nos volvimos a coger la mano. Y yo supe que eso no pintaba bien.

Algo después llegó la evidencia. Había conocido a alguien. Nuestros caminos se separaron.

Yo conocí también a alguien, mi compañera durante años y años, la que me cuidó, a la que intenté cuidar. La que me regaló mis dos grandes tesoros. Alguien a quien, pese a que nuestro tren descarrilara -a este sí me había subido-, solo puedo desear lo mejor del mundo. Y más.

Volviendo a la chica de esta historia, sí: hoy la vi. No han llovido quince años como dice la canción; sino casi treinta.

Se me antojó feliz y contenta. Con ese mismo alguien de entonces a su lado, luego eligió bien. Y eso es lo que realmente importa.

Por lo demás, Serendipity solo es una película.

Y ahora que lo pienso; no sé si esta noche, frente a la puerta de la que fue mi casa, no la saludé por miedo a que le brillaran los ojos, como antaño, o por todo lo contrario. Porque una vez me explicó que ese brillo era efecto, seguramente, de las lentillas.

Y ya no usa.

Banda sonora / Spotify: https://open.spotify.com/track/4OFQDadXSqohGUaetSxUlc?si=988302681199402d

Banda sonora / Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=RG0sqscL65A

Deja un comentario