Los días contados.

Diez breves relatos de (des)amor y sus bandas sonoras.

Quinto relato
Me dejó marchar
hace mucho tiempo.
Me dejó marchar
demasiado tiempo.
Yo ya no sé si soy un hombre
ni por qué sigo aquí;
no recuerdo bien mi nombre
y desde que la conocí
escucho el eco de su voz,
hay un reflejo extraño en el cristal.
Me dejó sin corazón.
Me dejó sin esperanza.
Me dejó marchar. Coque Malla.

Prólogo.

Maimónides nos observa, hemos llegado ante su presencia serpenteando por las callejuelas, cogidos de la mano, como cualquier pareja, fugitivos de nuestras realidades, anónimos en este mundo frágil y particular que nos hemos construido. Apenas puedo contener las ganas de confesarte que estoy conmovido, conmovido de felicidad, que yo no pido mucho más a la vida que poder pasear sin rumbo de este modo por todas las infinitas callejuelas que existan en la faz de la tierra.

Jueves.

Nuestro miércoles se ha convertido en jueves. Te espero en nuestro refugio en el cruce de caminos, el pulso un poco acelerado como me ocurre cada vez que te voy a ver, fingiendo el aplomo que las mariposas se empeñan en recordarme que no tengo. Cuando te veo atravesar la barbacana, las mariposas revolotean provocándome la sonrisa diáfana que últimamente se me cuelga de los labios sin previo aviso. Vienes guapa, siempre guapa, correspondes a mi sonrisa con la tuya. Cómo se te ilumina el rostro cuando muestras esa sonrisa, a pesar de que tus ojos, bellos, los intuyo a veces un poco tristes.

Me he puesto mi chaqueta negra, me dices que estoy elegante. Tú eres elegante.

Cuando nos despedimos, nos reafirmamos en el deseo de vernos, esta vez sí, el fin de semana; y dejar de tener que jugar a Lady Halcón. Te prometo vino y espuma.

De vuelta a casa pienso en cómo llegaste a mi vida cuando la tristeza me comenzaba a abrazar. Y en que, quien me abrazó, fuiste tú en esa plaza casi desierta, en la noche fría. Y espantaste mis fantasmas. Pienso en que existen los milagros mundanos con sabor a beso. En tu lógica al asegurarme que esto nos lo merecíamos después de haber librado, cada uno por nuestro lado, tantas batallas.

Sábado.

Despierto con el sonido del Whatssapp, nuestra particular paloma mensajera. Bromeamos, los emoticonos de risas se combinan con los de besos y corazones. Siempre me ha dado pudor actuar así, pero tú has conseguido romper esa barrera, como otras muchas.

Y entonces comienza el caos.

Me hablas de dudas.

De tus dudas.

Y los emoticonos se esconden.

Y yo entro en una especie de niebla de irrealidad. Pero ante el panorama sobrevenido, ante la fuga de los emoticonos, reacciono diciéndote que sólo tú puedes despejar esas dudas, y que no temas hacerlo. Intento sonar tranquilo y convincente; aunque en mi interior maldiga, desolado, a mi amiga mala suerte.

Me agradeces mi comprensión. Han sido muchas las veces en mi vida en las que la gente ha agradecido mi comprensión. Y en un puñado de ellas, te lo aseguro, hubiera deseado con todo el alma tener el arrojo para no ser tan comprensivo.

Caigo por un precipicio.

Domingo.

Apenas he dormido. Suena el Whatssapp. Me preguntas cómo estoy.

Jodido.

Me dices que no puedes olvidarme, que me quieres.

Me quieres; pero ya no me amas. Lo sé. Y te lo digo.

Lunes.

Me vuelves a escribir. Me dices que no has dormido. Yo tampoco. El juicio ha terminado, la defensa calló, como diría Urquijo.

Hay veredicto.

Alegas que te has enfriado, que me quieres mucho pero que para ser feliz necesitas a alguien más fuerte. Y seguramente llevas toda la razón.

Busco en las esquinas de nuestro corazón y regreso siempre al punto de partida. Me empeño en creer que esto, si tiene alguna remota salida, pasa por hablar, pero cara a cara.

O mejor, por dejar que nuestras miradas se crucen y hablen por nosotros. Por arriesgarme a que tus ojos sean jurado y me declaren definitivamente culpable.

Te pido acudir el miércoles a nuestra, seguramente, última cita. No para persuadirte para nada. Sólo quiero verte una vez más, la última, y que tus ojos me convenzan de que ese amor, que parecía hace tres días tan estable como un gas noble, era en realidad voluble, efímero. Y entonces, al menos, me quedaré con ese recuerdo.

Habré enterrado nuestro amor.

Dices que no irás a nuestro (último) miércoles.

Ni siquiera podremos llevarnos un abrazo de despedida, un gesto de cariño, de fue bonito mientras duró. Será un luto incompleto, latente, indigerible.

Miércoles.

Es la hora. Por dentro sé que este va a ser un viaje tan corto como desolador.

Me pongo mi chaqueta negra, para despedir esta historia con elegancia.

Poco después aparco junto a la puerta de nuestro (derruido) castillo. Y comienza la cuenta atrás inexpugnable, cruel, mientras el atardecer se afana en extender sus sombras, y el frío se cuela por la ventanilla del coche.

Conforme transcurren los minutos, mi angustia da paso a una extraña tranquilidad. Al menos, yo sí acudí.

Poco consuelo es ese.

Por supuesto, no vienes. Me lo han anticipado los pájaros que buscaban cobijo.

Ya ha oscurecido.

Epílogo.

Me hubiera gustado decirte, mirándote a los ojos, que me quedo con tus abrazos cálidos y largos, con nuestras bromas. Con tus audios que yo utilizaba de despertador dulce en las mañanas, cuando te dirigías al trabajo. Con nuestros vinos de los miércoles, verdejos porque sólo sé pedir verdejos. Con aquella noche en la que me hiciste llorar de risa. Con nuestro día a día compartido. Con nuestros viajes por hacer. Con tu mirada un poquito triste que contrastaba con tu sonrisa amplia.

Con tus besos perfectos.

Pero es lo que hay. Estaría escrito.

Espero que con el paso de los días salga a flote lo bueno que vivimos, y que eso sea lo que nos llevemos; y que esos recuerdos pasen a engrosar el álbum de las nostalgias. Lo demás, esta caída libre al vacío, inesperada y violenta, la iré sacando de mi mochila poco a poco, para que no me pese demasiado.

Aunque no es fácil.

Una cosa sí quisiera que la tuvieras en cuenta. Tal vez yo no fuera quien tú necesitabas. Pero sí fui el último que abandonó el barco antes del naufragio. Porque yo sí acudí ese miércoles a nuestro rincón a ofrecerle a nuestra historia un final digno del amor que nos profesábamos. Pero por favor, no te lo tomes como reproche. Cómo voy a hacerte ningún reproche cuando me llevaste en volandas, durante un tiempo, a lo más cercano que puede ser la felicidad. Solo puedo estarte agradecido.

No. Es solo una evidencia, y eso hay que asumirlo con naturalidad:

Me dejaste marchar.

Banda sonora / Spotify: https://open.spotify.com/track/3UjpnhGAsueLG3RVKkyc1y?si=ee3c05f6d7294e37

Banda sonora / Youtube: https://youtu.be/QXWPdivFaTg

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