Órbitas divergentes.

Son mariposas, solo se posan,
han decidido que no quieren volar.
Son mariposas, verdes y rosas,
son como balas que hacen daño, explotan.
Son mariposas, son mariposas.

Mariposas. Taburete.

Nuestras vidas eran planetas describiendo órbitas elípticas. Órbitas caprichosas, que hacían que ambos astros, el tuyo y el mío, se mantuvieran alejados, el uno del otro, casi en los confines opuestos del Universo que compartimos.

Pero hubo ocasiones en las que nuestras órbitas convergieron. Más aún: alguna vez sentí que ambos cuerpos celestes podrían llegar a colisionar. Y la idea no me daba miedo.

Tu planeta siempre fue bonito. El más bonito. Siempre. Un planeta de prados de margaritas blancas y flores fucsia, atravesado por torrentes de vino afrutado; con colinas suaves que se elevaban con naturalidad y valles donde la luz parecía detenerse. Una orografía salpicada de diminutas pecas que yo habría contado con parsimonia, casi como un rito. Un planeta habitado por mariposas verdes y rosas, que se posaban sobre misteriosas espirales rojas.

Por su parte, mi planeta, adicto a las mañanas tibias, estaba habitado por pequeños pájaros. Asustadizos gorriones, coloridos jilgueros, delicadas lavanderas. Petirrojos de  pecho anaranjado y ruiseñores que interpretaban la banda sonora de mi vida. Traviesos mirlos e incansables golondrinas. Aves a las que yo observaba con deleite, porque sus trinos taponaban heridas de tristeza. Lo más bello de mi planeta eran las dos lunas que giraban en torno a él.

La última vez que sus órbitas se cruzaron, nuestros planetas se fueron aproximando con sigilo y, cuando quise reaccionar, ya era tarde: se habían situado tan cercanos que llegamos a compartir un mismo firmamento. Sí, un firmamento repleto de estrellas y constelaciones, surcado por el platillo volante de Ferreiro.

Con franqueza, hubo un momento en el que llegué a pensar que acabaríamos tocando el cielo con la punta de los dedos. En el que creí que mi planeta podría dejar de girar trazando círculos, entre nubes de asteroides y agujeros negros.

Sí, lo confieso. Llámame iluso, no te cortes; pero cuando nuestros planetas se acercaron lo suficiente para sentir tus abrazos y para que escucharas los latidos de mi corazón, albergué la esperanza de que sus órbitas, esta vez, no se separarían, y de que ambos astros quedarían ligados por la Ley de la Gravedad.

E imaginé que en mi estómago revolotearían las mariposas verdes y rosas. Aunque, a decir verdad, sabes que siempre lo han hecho, hasta cuando nos separaban cientos de miles de millones de años luz.

Pero la Ley de la Gravedad no era tal. Compartimos demasiadas dosis de humor como para considerarnos graves, hasta en los momentos más solemnes. Y eso me gustaba.

No. Lo que había entre ambos planetas era una Ley de la Levedad. La levedad de los cuerpos celestes. La levedad de vivir como si no nos jugáramos nada, como si fuéramos a morir mañana.

Pero claro, tu planeta estaba impulsado por una fuerza mayor, ante la que poco podía resistir algo tan efímero, tan fluido, como nuestra propia levedad: la inercia, forjada a lo largo de los años, tan poderosa que llegaba a provocarte vértigo.

Y es que hace falta mucha determinación para vencer ese vértigo que imponen las inercias interestelares.

Así que la levedad se hizo insoportable, como ya anticipó hace casi 40 años Milan Kundera.

Y tu planeta siguió su rumbo. De nuevo.

No lo quise aceptar; pero, una vez más, nuestras órbitas tomaron trayectorias divergentes, dejándome una desoladora sensación de déjà vu. Poco a poco, sin remedio; sin que yo alcanzara a vislumbrar la buena estrella que siempre he buscado.

Pensé que mi planeta, astro de roca erosionada por la experiencia, aguantaría mejor el envite. Me equivoqué. Mi planeta era frágil, vulnerable. La desolación se extendió por su atmósfera como una tormenta oscura y torrencial. Se desencadenaron demoledores seísmos, y las grietas que yo creía ya selladas se abrieron una vez más.

Supongo que en algún momento los seísmos cesarán y este período dará paso a una calma inducida, aunque en la superficie de mi planeta quede alguna cicatriz, una falla abierta como recuerdo de esta última convergencia.

Las mariposas se posarán, ya no querrán volar.

Y antes de reanudar la tarea de contemplar los pájaros de mi planeta, como si fuera aquella estatua del jardín botánico, quiero que no te quepa la menor duda de que, cuando recobre el valor necesario para observar de nuevo el firmamento, seré capaz de divisar tu planeta, porque ya no trazará una órbita caótica.

Y, por supuesto —y sabes que lo digo con plena convicción—, tu planeta seguirá siendo el astro más bonito que pueda contemplar desde mi telescopio, en esas noches propicias para observar las estrellas, como aquel anochecer que compartimos junto a los dos histéricos de Ximena y Leiva.

Banda sonora / Spotify: https://open.spotify.com/track/31t1744XySgMwG8woRUnNE?si=dfe6db3d31834ab7

Banda sonora / Youtube: https://youtu.be/nlUXiQZQzUY

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